mayo 29, 2015 - , 0 comentarios

A enredar los cuentos, de Gianni Rodari

-Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.-¡No, Roja!
-¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”
-¡Que no, Roja!
-¡Ah!, síRoja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.
-No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
-Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
-¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
-Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”
-¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”
-Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
-¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
-Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
-¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
-Exacto. Y el caballo dijo…
-¿Qué caballo? Era un lobo
-Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
-Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
-Bueno, toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico.
mayo 27, 2015 - , 1 comentarios

Epílogo



El mar está calmo, por ahora. Después de los sucesos que empujaron a descubrir las maniobras oscuras que manejaba Kan desde el Ministerio, Ada y yo nos vimos forzados a tomar una nueva vida, separados. Cuando la orden de arresto estuvo vigente, nosotros ya estábamos con rumbo al exilio, aunque ella no tuvo la valentía de mencionarme dónde volvería a encontrarla. Sospecho que podría ser en algún templo al norte, posiblemente en la frontera con el Abismo; allí, los monjes contemplan el vacío de la existencia divina y sostienen en sus almas toda la calma que regala el universo. Mucho misticismo para mí.
 En cuanto a mí, bueno… creo que soy tan predecible que alguien podría sospechar una abrumadora inteligencia que no existe. Volví a la Isla, sí. Y por muy estúpido que suene, quizás Kan sospeche que no sería tan estúpido como para poner un pie de vuelta aquí. Tal vez ninguno de los dos es tan listo como parece o, por el contrario, no nos conocemos muy bien.
Pasaron dos meses desde que casi pierdo mi vida, si es que en realidad no la perdí. Pero veo que el mar está calmo y no me avergüenzo de haberme dejado ganar. No. La Isla Canaria es un lugar que siempre envidié, no solamente por la fraternal compañía de estos animales tan particulares y amorosos, también porque estaba tan alejado del mundo real que quizás me conduje a mí mismo a una trampa para poder escapar. Al poco tiempo de haber llegado me recibieron como uno más, tomé el trabajo voluntario como parte de mí mismo y descubrí las maravillas que ofrecía el mundo libre, alejado de la mano del ser humano, esa que aprendí de manera muy dura cómo es. Tomé una nueva identidad para pasar inadvertido y me obligué a mí mismo a olvidar lo que fui y lo que hubiera sido. Ahora solamente soy.
Sé que la tormenta se acerca, detrás de esa cortina de tranquilidad. Estoy consciente de que lo próximo puede hacer que no termine de contar mi destino, pero si Kan se dispone a atacar lo estaré esperando, sea aquí o en cualquier lugar de Læntheria. Estaré esperando el momento de mi venganza.
mayo 18, 2015 - , 0 comentarios

Intervalo de cinco minutos, de Francis Picabia

Yo tenía un amigo suizo llamado Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara. Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima... También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado... Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas...
mayo 06, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - Manus (#6)

Esa mañana, después de los rituales de oficio de su brujo personal, el General miró por la ventana y descubrió que se le había otorgado un día más para ordenar el desorden que se había desatado. Sin embargo, a Perón la situación se le iba de las manos.
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