diciembre 31, 2014 - , 3 comentarios

"El emperador de China" de Marco Denevi

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo - Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.
El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

diciembre 27, 2014 - , 0 comentarios

"Un paciente en disminución" de Macedonio Fernández

El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.
diciembre 24, 2014 - , 0 comentarios

"La muerte en Samarra", de Gabriel García Márquez (Adaptación)

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.
-Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.
El amo le da un caballo y dinero, y le dice:
-Huye a Samarra.
El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado.
-Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.
-No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.
diciembre 20, 2014 - , 0 comentarios

"La persecución del maestro" de Alexandra David-Néel

Entonces el discípulo atravesó el país en busca del maestro predestinado. Sabía su nombre: Tilopa; sabía que era imprescindible. Lo perseguía de ciudad en ciudad, siempre con atraso.
Una noche, famélico, llama a la puerta de una casa y pide comida. Sale un borracho y con voz estrepitosa le ofrece vino. El discípulo rehúsa, indignado. La casa entera desaparece; el discípulo queda solo en mitad del campo; la voz del borracho le grita: Yo era Tilopa.
Otra vez un aldeano le pide ayuda para cuerear un caballo muerto; asqueado, el discípulo se aleja sin contestar; una burlona voz le grita: Yo era Tilopa.
En un desfiladero un hombre arrastra del pelo a una mujer. El discípulo ataca al forajido y logra que suelte a su víctima. Bruscamente se encuentra solo y la voz le repite: Yo era Tilopa.
Llega, una tarde, a un cementerio; ve a un hombre agazapado junto a una hoguera de ennegrecidos restos humanos; comprende, se prosterna, toma los pies del maestro y los pone sobre su cabeza. Esta vez Tilopa no desaparece.
diciembre 17, 2014 - , 0 comentarios

"Hablaba y hablaba" de Max Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.
diciembre 15, 2014 - , , 0 comentarios

Capítulo XIX: el último inquisidor.

Había terminado la guerra, no así la represión ni el miedo. Ni siquiera el terror. Las personas que habían vivido bajo el yugo y el fragor del fuego que caía del cielo, no sabían cuánto poder adorar el calor del sol que salía por el horizonte todas las mañanas. El miedo se había vuelto una moneda con la cual los pobres eran los más ricos en una ciudad que no paraba de servirse de golpes y de extrañas formas de dominación. La guerra no había terminado solamente porque los asesinos hubieran cerrado los ojos, aquellas fuerzas que se habían preparado en la oscuridad para asumir el control del desastre que había quedado no reparaba aún en que el dolor que sembrarían continuaría su legado en estos tiempos. Así, después de la Caída, los hombres del Concejo dieron comienzo a una aristocracia que poco a poco se convirtió en una pequeña dictadura que intentó rematar cualquier clase de libertad que se había conseguido en apenas poco años después del horror de los Van Dynam.

Yo apenas había nacido. Mamá me alimentaba y papá… bueno, papá salía a trabajar como todos los días, con su ropa negra, ajustada. A altas horas de la noche. Papá era un gran hombre, seguramente, tenía el cabello corto y negro, los ojos del mismo color, fríos, apagados y llenos de silencio, como si esperara lo peor y estuviera dispuesto a afrontarlo sin atemorizarse. Pero papá, aunque fuera una especie de hombre inquebrantable, también estaba consciente que su trabajo debía ser secreto, por eso se aseguraba de trabajar un poco de día, diseñando los esquemas tácticos de ataque de la policía. Para todos, papá era el “Sargento Stavros”, que había allanado muchas guaridas donde se ocultaban los últimos acólitos de los Van Dynam. Para el mundo, era la cabeza detrás de la fuerza bruta que estaba imponiéndose de a poco, aunque fuera un gran conocedor de los movimientos, de las escaramuzas y de los métodos de torturas tan poco conocidos por todos esos que escriben los libros sobre la Caída.
Papá era el último inquisidor. Sí, y no tuve que cambiar mi apellido porque él se encargó de cambiarse el suyo, trabajaba con nombres claves, apellidos adulterados y siempre tenía una o dos identificaciones falsas por si lo llegaban a atrapar. Pero a un hombre con ese poder e inteligencia nunca podrían atraparle si estaba del lado de los que gobernaban. Papá siempre tuvo esa debilidad: falta de ambición, igual nunca me avergoncé de aquello porque, si hubiese sido de esa manera, hubiera terminado como los antepasados de Clemente Zardhan, el cual ahora escuchaba atento mi historia familiar.

—Muy ingenioso.
—Papá seguramente sabía lo que hacía, porque pocos lo saben. Quizás por eso trato de mantener a salvo a la familia —suspiré—. Hizo algo bien, aunque me haya dejado huérfano.
—No sabía que los aristócratas habían tenido una policía secreta.
—Sí. Ellos la llamaban la inquisición, educaron a más de diez mil policías y jefes de inteligencia del ejército durante los diez años que duró todo este intento de dictadura. Los enfrentamientos con los rebeldes dejaron un gran número de bajas y dieron de baja al proyecto, aunque dejaron sin cesar a mi padre porque él había sido el más eficaz en todas las operaciones que había llevado adelante.
Zardhan me miró en silencio un momento, sus ojos me intentaban decir algo que tenía más que ver con nosotros que con nuestra genética.
—Podríamos decir entonces que somos más parecidos de lo que pensamos. Nuestra sangre ha servido para darle a los que hoy ostentan el poder una excusa para marcarnos…
—Mi padre fue bastante sensato en lo que hizo, señor Zardhan. No creo que eso me convierta a mí ni a usted en una de las figuras que representan el horror de esos días. Y, a su favor, sus padres han cambiado su apellido para no ser parte de la humillación que eso les representaba.
Clemente tomó otro trago, terminó el vaso y se levantó a servirse más.
—Supongamos por un momento que lo que me está diciendo es verdad y que su padre fue un héroe —dijo dándome la espalda en el minibar.
—Nunca dije que fuera un héroe. Usted me está preguntando sobre él y yo le estoy contando su historia. Si llegamos aquí fue por usted. Mi padre se encargó de torturar y masacrar a cientos de personas, eso no lo puedo negar ni siento ningún remordimiento en decírselo. Muchos de los que murieron no se merecían tal trato, pero el destino que selló la vida de mi padre fue quizás un ajuste de cuentas de lo desbalanceada que estaba la justicia con respecto a él.
—Cuénteme —insistió sentándose.
—Fue durante el período de los asedios, cuando las grandes fábricas y complejos militares eran tomados por obreros incitados por rebeldes y causaban las muertes de cientos de personas. Durante uno de esos motines, mi padre se metió en la cabeza que debía tomar el complejo de armas localizado al sur de la ciudad, donde se sospechaba que los empleados amotinados contaban con armamento militar avanzado y hasta artefactos robóticos con el cual podían dejar a los militares muy mal parados. Trazó la ruta para llegar al asedio y estuvo combatiendo dos días con sus noches, hasta que notó que los subversivos no tenían nada que perder. Comenzó a cavar un túnel debajo del complejo y salió en el corazón del patio interno, doscientos treinta soldados contra seiscientos o unos menos que eran los rebeldes, aunque estaban mal alimentados y peor dormidos. El combate duró poco menos de tres horas, murieron más de la mitad de los hombres de ambos bandos, hasta que mi padre consiguió que se rindieran todos. En el momento de la victoria, de la rendición del enemigo, uno de los sobrevivientes disparó una bala que dio en la espalda de mi padre y le mantuvo agonizante durante unos quince minutos. Mientras lo asistían en sus últimos minutos, sus soldados se encargaron de darle fin a la vida de todos los rendidos, aquellos que habían pedido clemencia minutos antes y ahora eran condenados por un imbécil. Así pasó a la otra vida mi padre, no es una leyenda porque las leyendas es solamente para los idiotas que necesitan copiar las hazañas de algún otro idiota que no saben si existe.
Zardhan me miró, siempre con su boca cerrada y una sonrisa complaciente en el rostro. Los ojos le brillaban y la sombra a sus espaldas, ese ser ahumado que tenía detrás, no dejaba de acomodarse de un lado al otro, como si estuviera acomodándose en la silla.
—Perfecto, señor. Una historia interesante como la que le voy a contar ahora. ¿Recuerda a la señorita que dejaba mi despacho hace un momento, cuando usted llegó?
—Sí, creo que sí.
—Bueno, de ella precisamente es de quien le voy a hablar. Esa tímida muchacha es la responsable de todo ese lío que dejó sin luz a la ciudad hace unos días.
diciembre 13, 2014 - , 1 comentarios

"Historia de Cecilia" de Cicerón.


He oído a Lucio Flaco, sumo sacerdote de Marte, referir la historia siguiente: Cecilia, hija de Metelo, quería casar a la hija de su hermana y, según la antigua costumbre, fue a una capilla para recibir un presagio. La doncella estaba de pie y Cecilia sentada y pasó un largo rato sin que se oyera una sola palabra. La sobrina se cansó y le dijo a Cecilia:-Déjame sentarme un momento.
-Claro que sí, querida -dijo Cecilia-; te dejo mi lugar.
Estas palabras eran el presagio, porque Cecilia murió en breve y la sobrina se casó con el viudo.
diciembre 10, 2014 - , 0 comentarios

"El pozo" de Luis Mateo Diez

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. "Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.
diciembre 08, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XVIII: los dones concedidos

El doctor Clemente Zardhan salió de su consultorio y de inmediato inundó el ambiente de perfume caro y una densidad energética que no sentía desde mis primeras incursiones hacia el astral. Digo su consultorio porque también había algunos cuartos destinados a sus más prominentes alumnos de la facultad, los cuales cumplían una suerte de pasantía.
Zardhan era la viva descripción que había hecho Jilly del hombre que había ido a alquilar su sótano. Hubiese jurado que una sombra oscura se movió detrás de él cuando abrió la puerta. El doctor clavó sus ojos en mí, esbozó una sonrisa amable y me hizo pasar mientras una mujer, supongo que era su paciente, se acercaba cabizbaja a hablar con la secretaria. La pobre mujer seguramente iba por su próximo turno, de los cientos que le restaban para su “sanación” o, quizás, necesitaría conseguir más fármacos para calmar su atribulada imaginación.

—Clemente Zardhan —estrechó mi mano mientras me sacaba de un montón de ideas contra su profesión—. Encantado.
—Janus Stavros —devolví el saludo—. Le agradezco su invitación. Solamente le robaré unos minutos de su tiempo…
—No, no. Suspendí el resto de mis consultas para atenderlo a usted, así que por favor, pase.
El amplio despacho estaba equipado con un diván, un cómodo sillón desde donde atendía a sus pacientes, una vasta biblioteca encerrando en círculo la habitación, solamente interrumpida por la puerta de entrada y un ventanal enorme en el lado opuesto. Los libros tenían colores diversos, pero no resaltaba ninguno: estaban perfectamente dispuestos para crear esa imagen visual. Por lo pronto, Clemente Zardhan (o simplemente la impresión que daba su estudio) parecía ser un hombre metódico y aburrido, un poco obsesionado con el orden y lo estético. En cuanto a su aspecto físico, podría haber jurado que hizo ejercicio toda su vida, toda vez que pensé que encontraría un hombre de prominente papada, sus rasgos burgueses y finos me demostraron que a veces la mente crea un preconcepto de las personas que es difícil de superar cuando los ojos descubren la verdad.
—¿Le sirvo algo? —me preguntó mientras se dirigía al minibar ubicado cerca de la ventana.
—Un vaso de agua estaría bien.
Zardhan rió con la nariz. El ronquido me hizo pensar si sabía de mi condición de asmático y me estaba haciendo burla o tal vez él lo era.
—Yo prefiero tomar algo más… espirituoso. ¿Le molesta?
—Para nada, doctor —no dejé nunca el protocolo—. Me gustaría mantenerme enfocado en nuestra conversación, quizás usted pueda tomarse esas licencias ya que no se desconcentrara de su propia historia.
—Así es —tapó la botella de vidrio y me alcanzó el vaso con agua fría mientras él depositaba el suyo sobre el escritorio frente al cual me había sentado. Bebió un trago y sonrió, sus dientes eran blancos y perfectos.

Nos quedamos un momento en silencio mientras buscaba mi bloc de notas con preguntas sobre su vínculo con el apagón que había sufrido la ciudad. Las primeras eran relacionadas con su trayectoria y, obviamente, eran pocas. La capa grisácea que rodeaba al doctor se hizo más perceptible ahora que estaba quieto, observándome con sus ojos negros apagados y sin brillo, fríos. ¿Cómo podía una persona con esa capacidad de invasión entender o serle simpático a los pensamientos de una persona —solamente por poner un  ejemplo— abatida por los fantasmas de su niñez? Quizás en eso mismo residía todo el asunto.
—Antes de comenzar —me sorprendió revisando mis notas—, ¿puedo preguntarle algo?
—Por supuesto.
—Encontró la relación de mi apellido con los Van Dynam, quizás por casualidad o por ingenio. Dudo de la existencia de las casualidades, asique dígame… ¿de quién heredó ese don tan maravilloso de la deducción? Es algo que está reservado en muchos casos a los detectives de policía, aunque por estos tiempos no se ven muchos. Por favor, ilumíneme.
—Bueno, no sé si lo llamaría “don” —dije acomodándome en la silla—. Digamos que es más bien una facilidad que tiene mi mente o posiblemente sean cosas que uno arrastra por generaciones. Si usted me pregunta qué parte de la genética favoreció eso, no tengo una respuesta certera, aunque apostaría a que lo heredé de mi padre. Dudo que mi madre sea buena en algo.
Clemente Zardhan me brindó una sonrisa cómplice, quizás algo entendía de eso de lo que hablaba, aunque no supe si por experiencia propia o porque casi todos sus pacientes venían con el mismo problema. La presencia detrás de él no dejaba de prestarme atención y yo intentaba no bajar la guardia. Los propósitos de aquel hombre eran tan desconocidos como incomprensibles.
—No estoy acostumbrado a recibir periodistas, señor Stavros. Por lo general me pongo muy nervioso y quizás un poco de familiaridad fuera de los registros me vendría un poco bien para desenvolverme mejor. ¿Podría contarme sobre su padre? Al fin y al cabo, los dos estaríamos hablando de lo mismo. De nuestra familia.
Dudé unos instantes, las expresiones de Zardhan no parecían demostrarme que era un tipo malvado, pero esa presencia que lo estaba envolviendo no era de fiar. Quizás le contara para entrar en confianza pero sin dejar que mis debilidades o mis viajes al pasado me dejaran en evidencia. No quería que se repitiera el episodio como sucedió con Astrid. Sin embargo, el recuerdo de papá estaba enterrado en una de las tumbas que había cavado en lo más profundo de mi mente y temía que exhumar uno de aquellos cadáveres provocara una reacción en cadena. Le tenía miedo a los recuerdos zombis, muchos de los cuales habían sido enterrados en vida para dejar de sentir dolor.
—Papá murió cuando era yo muy joven. Muchas veces pienso en él, en si estaría orgulloso de mi… después me alegro de que esté muerto, aunque me ayudaría mucho su consejo ahora. Y quizás algunos de los conocimientos que tengo, como esos “dones” de los que habla, los tomé de él y de su legado.

»Papá era Inquisidor. 
diciembre 06, 2014 - , 0 comentarios

"Salomón y Azrael" de Yalal Al-Din Rumi

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.
Salomón le preguntó:
-¿Por qué estás en ese estado?
Y el hombre le respondió:
-Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!
Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:
-¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.
Azrael respondió:
-Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India?
diciembre 05, 2014 - , 0 comentarios

En Hamelin no se consigue

Dispuesto a cumplir su última proeza, el flautista emprende su viaje muy lejos de Hamelin, donde lleva una vida muy pacífica. Los habitantes del lugar adonde va se encuentran muy agobiados por las enormes ratas que se han apoderado de la ciudad y hacen destrozos en la vida de los pobres ciudadanos.
Apenas llegado al centro de la ciudad, el flautista se posiciona frente al edificio donde se han atrincherado los roedores y comienza a tocar su instrumento con una dulce melodía que suena hipnótica y hasta armoniosa. Pero las ratas no salen de su guarida. Decide entonces tocar algo más ligero, menos ceremonial y con un enrevesado pasodoble, pero no hace salir a las ratas. Finalmente intenta con algo más estruendoso y alocado, una melodía violenta cuyas notas suenan como bombas de sonido enviadas directamente a los oídos, sin obtener ninguna respuesta.

Después de horas de estar tocando, agotado, el flautista decide guardar su instrumento musical y marcharse con la cabeza agacha, mirando la placa que decora al imponente edificio al mismo tiempo que piensa: “¿qué clase de ratas sordas serán las que habitan ese lugar llamado Congreso de la Nación?”.
diciembre 04, 2014 - 0 comentarios

La columna de Robertina: "la casa de las tres cuerdas"

Mientras mataba mi tiempo haciendo "zapping" en la casa de mi mamá, se me ocurrió revisar lo que ella llama "el cuartito Z", no pregunten ni ella sabe porque le dice así. Calculo que es una forma misteriosa de expresar que no tiene ni idea que es todo lo que guardo dentro...
La realidad es que es el lugar donde almaceno todos aquellos libros que fui leyendo a lo largo de mi vida. Y cuando digo vida, lo digo de forma literal ya que ahí se encuentran los primeros que leí.
Revisando hice encuentro de pequeños tesoros, entre ellos uno de terror obra de Ana María Shua que es realmente excelente.
Ana María Shua por si alguien no la conoce es una escritora argentina conocida como "la reina del micro relato", éste libro en sí proponía exponer los secretos de los cuentos de terror, utilizando fabulas y leyendas de todas partes del mundo y mostrando los puntos en común que daban el efecto "miedo"
Me sorprendí de mi misma ya que recuerdo leer y decir "estas son cosas que tengo que recordar" cuando apenas tenía 10 años.

LA CASA DE LAS TRES CUERDAS

Los dos jóvenes iban muy erguidos sobre sus caballos y llevaban katanas. Iban cubiertos de polvo por el largo viaje, y la seda de sus vestiduras colgaba hecha jirones. Pero los campesinos que los veían pasar sabían  que se trataba de dos caballeros.
Junquito y Koichi eran dos hermanos que volvían a la casa de sus padres. Su señor y jefe  había sido vencido en la guerra. Habían luchado mucho y con valor, pero ahora, a pesar de ser jóvenes, se sentían viejos, tristes y cansados. Aunque nunca hubieran aceptado decirlo en voz alta, aunque nunca se lo dijeran siquiera a sí mismos. Aunque siguieran hablando como hablan los hombres en Japón: con voz ronca y cortante, como si todo lo que dicen, hasta una pregunta o un comentario, fuera una orden violenta.
La guerra los había llevado lejos y deseaban  llegar lo más pronto posible a su ciudad natal. Por eso apuraban el paso de sus caballos y se detenían apenas lo necesario para comer y dormir.
Descansaban en las horas más calurosas del día, cuando el sol estaba alto en el cielo, y aprovechaban para avanzar el fresco del amanecer y las últimas horas de la tarde.
Una noche, cuando ya estaban a pocos días de viaje de su ciudad natal, llegaron a un bosquecillo. Junchiro, el más joven, propuso seguir adelante.
-El bosque no es espeso. La noche es fresca pero no fría. Del otro lado debe haber una aldea o tal vez una posada donde podemos descansar más cómodos.
-Tenemos que cuidar nuestros caballos- le contestó Koichi-. Necesitan descanso. No tenemos dinero para comprar otros. Mañana al amanecer seguiremos adelante.
Junchiro se burló de su hermano mayor con todo el mal humor que su propio cansancio le provocaba. Lo acusó de cobarde sabiendo que era mentira.
-Los fantasmas del bosque le dan miedo a un guerrero. ¿O acaso está asustado  de los zorros y los conejos?
Koichi, sin contestarle, empezó a desensillar tranquilamente su agradecido caballo.
Pensando que después de todo ya estaba tan  cerca de su casa que no le importaría seguir solo (y con secreta esperanza que Koichi lo alcanzara) Junchiro apuró a su caballo y entró en el bosquecillo.
Estaba muy oscuro. Después de dormir durante todo el día, el mundo de la noche había despertado: había luciérnagas y mariposas nocturnas y búhos y gatos salvajes y se escuchaban los crujidos de los árboles y el canto de las cigarras.
Junchiro se sentía feliz: era bueno escuchar esa música en lugar del sonido de las espadas y los gritos de los hombres heridos.
Sin embargo lo sorprendió que el bosquecillo fuera tanto más grande de lo que había supuesto. Antes de cruzarlo le había parecido divisar sus límites. En cambio ahora, a la luz de la luna, no alcanzaba a ver más allá de los árboles más cercanos, que crecían cada vez más juntos, como si se espesaran para cerrarle el paso.
Hacía ya dos horas que cabalgaba, enojado consigo mismo por no haber sabido calcular hasta dónde llegaban los árboles, cuando vio, en un claro, una casa iluminada. El cartel de la puerta decía así: Posada de las Tres Cuerdas.
Junchiro desmontó, muy contento de haber encontrado un lugar agradable donde pasar el resto de la noche. Ató su caballo, se quitó las sandalias y entró en una habitación grande iluminada por una lámpara de aceite.
Era un lugar cómodo y limpio. El suelo estaba cubierto (como en todas las casas japonesas) por esterillas nuevas. Junto a la lámpara había una tetera de porcelana y, al costado, sobre una bandeja de plata, había una botella de sake y un tazón pequeño. La habitación estaba vacía y el silencio era absoluto.
Junchiro estaba agotado. La discusión con su hermano le había dado fuerzas para llegar hasta allí, pero ahora lo que más deseaba en el mundo era acostarse y dormir.
Si no hubiese estado tan cansado, tal vez le hubieran llamado la atención algunos detalles: ese silencio tan grande en toda la casa, la puerta abierta, la bandeja servida como esperándolo.
La noche en el bosque era húmeda y fría y Junchiro se sintió satisfecho de estar en un lugar caliente y cómodo. Sin pensar en nada más.
Sin ninguna preocupación, el joven se sirvió un tazón de sake caliente. Mientras el vino de arroz corría  agradablemente por su garganta, escuchó unos pasos livianos y claros en las escaleras que llevaban al primer piso.
Una jovencita bellísima, vestida de seda, entró en la habitación. Junchiro estaba ya casi arrepentido de haber entrado sólo en el bosque, pero cuando vio a la joven se felicitó por la decisión  que le iba a permitir pasar la noche en tan buena compañía.
El cansancio y la sensación de confusión provocada por el vino, más fuerte de lo que parecía al probarlo, le quitaban las ganas de hablar.
Era verdaderamente hermosa, con carita delicada pintada de blanco, los brillantes ojos negros y la cabellera larga y espesa sostenida en lo alto de la nuca por un peine de marfil y agujetas de plata. Su kimono de seda roja estaba bordado de flores y un cinturón dorado apretaba su finísima cintura, tan ajustado que casi parecía cortarla en dos.
En sus manos blancas y graciosas, sostenía un instrumento de cuerdas japonés, un shamizen, con sus tres cuerdas tensas sobre la caja de resonancia cubierta de cuero negro.
La joven se arrodilló con elegancia, inclinándose ante Junchiro. El guerrero quiso pedir disculpas por haber entrado así, sin haber sido invitado. Pero ella no lo dejó hablar. Con una sonrisa maravillosa le ofreció otro tazón de sake.
De pronto Junchiro notó que la joven no había pronunciado ni una sola palabra desde que entró en la habitación, ni siquiera un saludo. Probablemente sería sordomuda. Y le agradeció por señas el segundo tazón de vino que ella le alcanzaba ahora y que, servido por sus manos, parecía tener un sabor todavía más delicioso.
Sin embargo, cuando quiso ofrecerle un tazón a ella, la muchacha no lo aceptó. En cambio, tomó su instrumento y empezó a tocar. Una melodía como Junchiro nunca antes había escuchado llenó la habitación. Por momentos era dulce y melodiosa, por momentos era violenta. Parecía asaltarlo casi como un dolor, desde todas partes, atrapándolo en sus notas.
Mientras tocaba, la muchacha no le quitaba de encima esos ojos que parecían despedir rayos. Junchiro quiso levantarse para acercarse más a ella, pero las piernas y los brazos no le obedecían. Tampoco él podía separar su mirada  de la de ella y pronto fue como si no hubiera nada más en el mundo que esas pupilas negras y enormes que lo quemaban por dentro y esa música que lo encadenaba.
Junchiro había olvidado todo lo que lo rodaba. Había olvidado a su hermano Koichi y las tristezas de la guerra y también a sus padres y su ciudad. Recostado contra una de las columnas que sostenían el techo de la casa, bebía con la mirada la belleza de la muchacha, mientras la extraña música se apoderaba del aire y del espacio.
Cada vez que la joven tocaba la cuerda del medio del shamizen una nota más alta y más vibrante que las demás resonaba en el cuarto. Y Junchiro sentía que algo invisible, frío y pegajoso, se enroscaba alrededor de su cuello y su cara. Con esfuerzo consiguió llevarse  la  mano al cuello y  la impresión desapareció, como si con su gesto hubiese roto una cuerda invisible.
La jovencita pareció sentirse molesta por su movimiento. Pero apenas por un instante frunció las cejas. Su maravillosa sonrisa volvió inmediatamente y siguió tocando el shazimen. La cuerda del medio vibraba cada vez más fuerte y más seguido y Junchiro se sentía atrapado por esa cosa invisible que lo aprisionaba.
A pesar del sueño y el malestar que le había provocado el vino de arroz, el joven samurái comprendió aterrado que había caído en una trampa. Reuniendo todas sus fuerzas, consiguió sacar su katana de la vaina.
Cuando la jovencita vio el sable desenvainado, ya no intentó disimular su enojo. Furiosa y descontrolada, tocó con tanta fuerza la cuerda del medio que se rompió. Alargándose, la cuerda voló a enroscarse en el cuello de Junchiro. Era demasiado tarde para intentar nada: estaba atrapado, atado a la columna. Sin embargo, a pesar de tener el brazo casi inmovilizado, logró arrojar el sable, que se clavó profundamente en la caja negra del instrumento musical.
La furia de la muchachita desapareció de golpe. Su cara blanca y fina pareció enflaquecer de pronto y tomó una expresión triste, dolorosa. Se levantó, alzó su instrumento del suelo, y volvió a subir las escaleras silenciosamente, con cierta dificultad.
Un silencio pesado envolvía la casa. Por la ventana entraba el frío de la noche. La llama de la lámpara flameó y finalmente se apagó. El prisionero quedó sólo en la más negra oscuridad. El agotamiento fue más fuerte que el terror y Junchiro, en su incomoda
Prisión, se quedó dormido.
Lo despertó la luz del amanecer. Junchiro miró a su alrededor y casi no pudo reconocer el lugar donde se encontraba... Las esterillas que cubrían el piso eran restos rotos, viejos, cubiertos de polvo. La puerta que creía haber empujado al llegar estaba tirada en el suelo, con la madera podrida y llena de gusanos. En lugar de la tetera había un montón de cenizas. En lugar de la botella de sake y el tazón había dos piedras.
¿Había sido un sueño? Pero la cuerda fría y pegajosa que lo ataba todavía a la columna era completamente real. Junchiro tironeó para soltarse pero no pudo. También eran reales las gotas de sangre fresca en el piso: iban hacia las escaleras.
En ese momento escuchó la voz tranquilizadora de su hermano, que lo llamaba por su nombre. Gritó para guiarlo y con enorme alegría lo vio entrar en La  Posada de las Tres Cuerdas.
Con su katana, Koichi cortó las ligaduras que ataban a su hermano. No se abrazaron porque los samuráis no se abrazan, pero se miraron como si lo hicieran.
Junchiro le contó a su hermano las aventuras de la noche anterior. Después siguieron por las escaleras el rastro de sangre fresca que subía hacia el piso superior. En la confusión de esa noche terrible, sin saber claramente que había sucedido en realidad, confundido por la borrachera, Junchiro temía haber herido a la hermosa dueña de casa.
Subiendo con mucho cuidado los escalones rotos y carcomidos, llegaron a la habitación del primer piso.
Allí, debajo de una enorme tela desgarrada, del tamaño de un hombre, encontraron a una gigantesca araña muerta, atravesada por la katana de Junchiro.

Piensen en cuales son los puntos que dan miedo, tarea para el hogar se podría decir de parte de una profe de literatura ;)
diciembre 03, 2014 - , 0 comentarios

"La oveja negra" de Augusto Monterroso

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
diciembre 01, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XVII: en el limbo

Una estación de subterráneo es, quizás para mí, el mejor aislamiento posible. De haber podido, escribiría el resto de esta historia en una estación, con sus azulejos blancos y su olor a humedad, al reparo de los hierros que conforman su estructura. Pero no puedo, apneas si puedo bajar unos cuantos escalones y subirme a un vagón, y rezar que mi claustrofobia no se conjugue con el asma y me dé una muerte segura. Sin embargo, el subterráneo de Cristófobos constituye una de esas cosas viejas que atraen, ante tanto avance de la tecnología.
La historia de los ferrocarriles en el continente no era tan destacable como lo era en otros lugares, básicamente las primeras líneas ferroviarias del país se construyeron con el fin de abastecer de alimentos y armamento a los poblados más alejados de la metrópoli, al mismo tiempo que se convirtió en la principal arma contra el gobierno en los convulsionados tiempos que se acercaron después. Los trenes y subterráneos siempre fueron una cuestión bastante delicada en un Estado y Cristófobos no iba a ser la excepción, por más adelantada que estuviera nuestra sociedad. Los ferrocarriles jugaron un papel importante y crucial en las batallas y asedios que conformaron la “Caída”, pero cuando volvieron a la normalidad pasaron a manos privadas y su funcionalidad y esplendor de tiempos pasados se fueron perdiendo en un mar de incompetencia que iba convirtiendo poco a poco el servicio en una trampa mortal.
¡Y a Janus Stavros le encanta pasearse en una trampa mortal! Por allá había un hombre que pedía monedas para darle de comer a su familia, sin darse cuenta que el olor a alcohol pone ebrio a cualquier transeúnte. Estaba por visitar al doctor Zardhan en su consultorio, ponderando las posibilidades que tenía de darme una historia que compensara la locura que estaba viviendo desde hacía unos días. Entonces recordé las cosas que me habían traído hasta aquí, el Gran Apagón de unos días atrás y su relación con una falla en el sistema eléctrico o, como quizás empezaba a imaginarlo, relacionado con la muerte del reconocido Reiht. Según mis cálculos, la maquinaria que se habría escondido en el sótano de Jilly (que supuestamente había sido provista por Zardhan en persona) no podría haber colapsado el sistema al punto de dejar a oscuras la ciudad entera simplemente con un cortocircuito. ¿Entonces? Quizás la respuesta no sea tan descabellada como mi mente esperaba, siendo Zardhan un hombre de ciencia, probablemente estuviera esperándome para darme la respuesta más obvia que se me haya imaginado jamás.
Subí al vagón pensando en que no tenía la más remota idea de qué era la ciencia noética de la que hablaba Zardhan, pero él no era lo suficientemente estúpido como para darse cuenta que le estaba mintiendo cuando hablaba de escribir sobre sus logros en el campo de esa ciencia y, además, seguramente se haya dado cuenta que estaba atando cabos sueltos que encontraba en el aire. Por un momento pensé en llamar a Kan, pero me arrepentí mientras me distraía mirando una pareja de jóvenes abrazados. Entonces me acordé de la pobre de Rebecca. Rebecca y Kan. Debería haber conocido más gente en mi vida, como para hacerme una idea de lo que me estaba perdiendo, seguramente mucho, pero en fin. Siempre preferí a Rebecca en lugar de Astrid y sus secuestros astrales, no es que me haya convertido en un masoquista tampoco. Estaba envuelto en un remolino de ideas, emociones y sentimientos que se encontraban en cada esquina de mi mente, dejando en evidencia mi endeble y casi invisible límite entre mi vida personal y mi vida profesional. Papá decía que había que ser uno con el oficio que se eligiera, obviamente supo heredarme bien sus pensamientos.

Un hombre leía el diario mientras un viejo tosía como si estuviera por morir, se puso algo colorado y se durmió. Respiraba con dificultad, pero por lo menos respiraba. El diario contaba en su tapa que el gobierno pensaba hacer una ceremonia en conmemoración al aniversario del fin de la “Caída”, celebrando el amanecer de una nueva humanidad, con lazos estrechamente reforzados y bla, bla, bla… no es que no me guste escribir columnas o artículos optimistas, pero algunas acciones que llevan a cabo los gobiernos para tapar el accionar que se tiene en otros sucesos contemporáneos, es algo que me da mucha impotencia. Las autoridades estaban intentando tapar de muchas maneras el colador en el que se había convertido su gestión y por el cual se le estaban escapando muchísimas cosas: rebeliones en rincones inhóspitos de Cristófobos, motines en cárceles diseñadas para presos políticos (los que no existían) y la indiscriminada “caza de brujas” llevada a cabo por el Ministerio dirigido por Kan, que raptaba a los disidentes y los ejecutaba en lugares como la Bahía de los Condenados. El gobierno corrupto empezaba a asfixiar a la gente común como yo.
Entonces me di cuenta que no formaba parte de la “gente común”, porque yo también estaba, de alguna manera, drogando al colectivo de la gente, a las masas que en su interior empezaban a reclamar por igualdad social y que se habían dado cuenta tarde que la paz no había sido más que la prolongación del terror en el cual se acostumbraron a vivir. Yo estaba en medio de eso, intentando buscar una excusa a los problemas graves que afectaban a la nación y que iban más allá de un simple apagón. Pero ya me había comprometido con esto, tirar todo por la borda era aceptable sólo si Zardhan tenía para contarme algo que llenara una simple hoja en blanco. Sin embargo, en mi interior algo decía que todo estaba conectado de una manera muy tensa, de manera que cortar una sola de esas líneas podría hacer caer más de lo que imaginaba.
Unas estaciones después, me bajé y dejé el inframundo del metro. Caminé cinco calles hasta el edificio donde tenía su despacho Clemente y toqué el timbre mientras admiraba la altura y lo cristalino de los vidrios que decoraban su fachada. Veinte relucientes pisos.
¿Sí? —reconocí la voz de su secretaria levemente distorsionada al otro lado del micrófono.
—Stavros, del Pasquín. Vengo a ver al doctor…
Sí, adelante.
Un zumbido eléctrico me obligó a abrir la puerta. El ascensor pasaba una música agradable pero con el tiempo se volvió monótona. Llegado al piso 17, las puertas se abrieron y una mujer rubia muy hermosa me esperaba para conducirme a la sala de espera del psiquiatra.
—Tome asiento, por favor —me dijo muy amablemente—. El doctor lo atenderá en unos momentos.

La sala de espera tenía una alfombra reluciente, como si fuese de hilado oriental, olía a flores frescas y solamente se escuchaba el sonido que producía la secretaria al teclear en la computadora. Parecía que estaba en el limbo, acompañado por una pila de revistas. Todos números viejos de El Pasquín.
noviembre 29, 2014 - , 0 comentarios

10 Curiosidades de la Literatura Universal

Navegando por la Web encontré esta nota que contiene diez de las más desopilantes, interesantes e insólitas anécdotas de las tantas que contiene la literatura universal y vengo a compartirlas con los lectores...
1. Virgilio y su mosca 
El poeta romano Virgilio se gastó una fortuna en el funeral de una mosca, su mascota. Alquiló una orquesta, pagó los servicios de las plañideras o lloronas y la mosca fue enterrada en una tumba especialmente construida. Debió haber sido amor a primera vista y un amor fugaz, ya que el promedio de vida de una mosca es de solo 15 a 25 días.
2. Víctor Hugo y la correspondencia más breve de la historia 
En 1862, el escritor francés se encontraba de vacaciones y quería saber qué tal iba la edición de su novela Los Miserables, y le escribió a su editor, Hurst & Blackett, una misiva en la que solo puso: “?”. Días más tarde recibió la respuesta, en ella se leía solo: “!”.
3. Dylan-Thomas y su complicada poesía 
El poeta autor de versos como:
“Las rosas resfriadas mueren en la destornillada tarde
del beso hierático de un adiós azul, luengo y uniforme
torpe yo que bebo abrazos de cartón.”, decía de sus poemas que no los entendía ni su propia madre. Muy cierto.
4. García Lorca y la complicada poesía de Rubén Darío 
Cuentan que Federico García Lorca, oía recitar el verso de Rubén Darío: “…que púberes canéforas te ofrendan el acanto”, el poeta español se puso de pie y dijo: “A ver, otra vez por favor, que yo solo he entendido el ‘que’ y nada más”.
5. Tolstoi y los niños de escuela 
En una ocasión, Tolstoi fue invitado por un director de escuela a visitar las clases de composición literaria y como tema propuso a los niños: ‘El mar’. Cuando terminaron, el director les invitó a leerlas. Orgullosos decían: “Las juguetonas y espumosas olas”, “la anchura insondable del mar que invitaba a la meditación” y frases similares. El director no podía contener su gozo y orgullo, hasta que una de las niñas leyó: “El mar es grande”. Ante la mirada sonrojada y cabizbaja del director, Tolstoi dijo: “Entre todas estas máquinas de recitar, esta niña ha sido la única que ha captado la verdadera esencia del mar”.
Los clarividentes6. Moritz von Arndt y la muerte 
El poeta alemán Moritz von Arndt tuvo un sueño profético a los 57 años. En él veía su tumba con una inscripción que decía: “Muerto a los noventa y un años de edad”. Años más tarde, para ser exactos, en 1860, el poeta fallecía a los 91 años.
7. M. P. Shiel y los nazis 
Un cuento de terror que resultaría una fantasía futurista publicada en 1895 por el escritor inglés, hablaba de un grupo de asesinos crueles que asolaban Europa, exterminando a los que impedían progresar a la humanidad y quemando luego sus cuerpos. El título del relato era La S.S. (The S.S.)
8. Gulliver trabajó para la NASA 
Un caso sorprendente es el de Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, escritos en 1726. En esta obra se describen con precisión los satélites de Marte: Fobos y Deimos, 150 años antes que los descubriera el astrónomo Asaph Hall. Además en la aventura que transcurre en el país de los liliputienses, estos hacen un cálculo matemático para alimentar al gigantón Gulliver. Los pequeños seres establecen que la cantidad de alimentos requeridos por un animal es proporcional a tres cuartos del peso de su cuerpo. Una ley que no fue descrita científicamente hasta el año 1932.
9. Cyrano de Bergerac y los cohetes espaciales 
El ingeniero aeroespacial alemán Wherner von Braun, confesó que para el diseño de los cohetes de tres fases utilizados por Estados Unidos en la conquista espacial, se inspiró en el ‘Viaje a la Luna’ de Cyrano de Bergerac, escrita en 1693. En ella el narigudo escritor francés también describe la gravedad 50 años antes que Newton, y la radio dos siglos antes que Marconi.
10. Julio Verne y las patentes 
A finales del siglo XIX, Verne escribió su famosa ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’, describiendo un vehículo diseñado para surcar el fondo del mar con tanto detalle que, cuando se presentaron las primeras patentes de algunos componentes de los submarinos, estas fueron denegadas porque el escritor ya las había hecho del dominio público.
Y una más…
Lester del Rey se aluscinó Nostradamús 
En 1954, el desaparecido escritor de ciencia ficción estadounidense, comenzó una novela con la frase: “La primera nave espacial aterrizó en la Luna y el comandante Armstrong salió de ella…” Quince años más tarde, esa predicción se cumplió hasta en el apellido del primer hombre que pisó nuestro satélite, aunque teóricos de las conspiraciones afirman que también eso fue pura ciencia ficción.

Fuente: http://ovejanegra.peru.com/temas-libres-10-curiosidades-literatura-universal-257502
noviembre 28, 2014 - , 0 comentarios

"La sentencia", de Wu Ch'eng-en

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.

Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
-¡Cayó del cielo!
Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:
-Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.
noviembre 26, 2014 - , 2 comentarios

"Carta del enamorado", de Juan José Millas

Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.


noviembre 24, 2014 - 0 comentarios

Capítulo XVI: La ex

Rebecca estaba en la puerta del edificio de El Pasquín esa mañana. Hacía mucho calor y ella llevaba un vestido corto muy gentil que no tapaba mucho. Su visita me sorprendió a tal punto que no la reconocí, en el tiempo que habíamos llevado de casados nunca fue capaz de acercarse hasta mi trabajo y ahora estaba ahí, mirándome fijamente. Parecía calmada, fuera de ese personaje que siempre componía de mujer histérica y odiosa.
Mi ex era un personaje digno de encontrar en una revista de historietas, una especie de mujer que tiene tantas caras como un cubo y cada una de ellas es tan déspota y aleatoria que es mejor abrazar por la noche una bomba de tiempo sin contador que aventurarse a entablar una relación con ella. Únicamente podría hacer una pareja perfecta con el médico con el que estaba, que seguro le administra la cantidad adecuada de narcóticos para mantener aplacada a la fiera que lleva en su interior.
—¡Jan! —había estado haciéndome señas desde hacía cinco minutos y yo ni siquiera me había percatado de ello— ¡Janus! Soy yo.
Yo también era yo. Rebecca nunca fue de dar respuestas muy inteligentes.
—Si es por lo del accidente, no te voy a demandar. No te preocupes —respondí sin detenerme.
—No, no es eso. ¡Espera!
—¿Qué? —me detuve en seco y la enfrenté. No pensaba callarme ante nada que me dijera.
Su actitud no parecía beligerante, podía notarlo en la energía que expedía al hablar. No parecía ser la petulante Rebecca de siempre, la que se comparaba con la hermosura y lo absoluto del universo. No era la Rebecca a la cual le habían lavado la cabeza los anyonitas.
—No vengo a pelear, Janus. Por favor.
—No tengo tiempo para Anyo tampoco.
—Dejé la iglesia.
La noticia me dejó sin palabras. Miré el suelo, después el cielo tratando de encontrar algo qué decirle, ¿qué iba a contestarle mirando al cielo? ¿“Pájaro”, “nube”? Me quedé callado unos segundos y atiné a decirle lo único que se me pasó por la cabeza.
—Felicidades.
Mi ex mujer bajó la mirada, intentando encontrar el consuelo en un pedazo del piso. Quizás. Parecía estar abatida por algún hecho en particular, pero mi corazón no se acongojó ni siquiera un segundo.
—Estoy muy apenada.
—¿Por qué?
Levantó su mirada. Sus ojos estaban llenos de lágrimas a punto de explotar en un llanto del que jamás haya tenido registro mi memoria.
—No hacemos más que hacernos daño, Janus —¿hacernos?—. Esta mañana desperté y sentí tu falta más que otros días.
—Pensé que todas las mañanas despertabas con el doctor Muerte…
—Eso se terminó, necesito otra cosa para mi vida.
Era la pesadilla más graciosa de mi vida. ¿Estaba pensando en volver conmigo? ¿Quería reconstruir un hogar que ella misma había deshecho y había intentado mantener durante años con píldoras y míorelajantes? Pero no estaba soñando ni lo que estaba intentando entender era del todo una confusión, efectivamente Rebecca estaba pidiéndome reconstruir nuestra relación. Después de haberme dejado por fracasado, después de haberse reído de mí por años y después de haberme atropellado con mi propio auto e intentar curarme en su casa por su entonces marido. ¿Entonces?
 —No es algo que necesite ahora, de verdad —fui tan fulminante como mis filtros me permitían.
Volvió a bajar la mirada y tragó saliva.
—Entiendo. Es por todo el mal que te hice.
—No lo sé. Por ahora puedo decirte que no eres algo que necesite en este momento. Quizás más adelante y si me demuestras que en realidad has cambiado, probablemente podamos intentar algo. Las cosas malas que pasaron entre nosotros no son algo que se compensen con un simple “perdón”.
—Entiendo —repitió intentando componerse— ¿dónde vas?
La conversación se había puesto incómoda. Estaba tan acostumbrado a verla como un animal que cuando trataba de ser civilizada daba más miedo que si estuviese realmente descontrolada.
—Tengo… una entrevista —mentí—. Así que voy apurado. Disculpa.
—No, está bien —me despidió con un beso en la mejilla, mojado y frío. Aquella muestra de afecto pareció forzada. Pero estaba muy lejos de serlo.

Y me alejé rápido, sin saber si estaba huyendo de ella o yendo en busca de la historia de mi vida.

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