mayo 26, 2014 - , 2 comentarios

Capítulo VII: el sótano del viejo Jilly.

Las calles de la ciudad de Cristófobos tienen una forma muy particular. La milla número cero se encuentra en el centro, desde el Capitolio central se proyectan 32 calles perfectamente diseñadas por el arquitecto Sigmund Das que se extienden hasta cien millas de la zona céntrica. Las que cortan a estas calles se les llaman “círculos”, debido a que son circunferencias concéntricas al Capitolio que se van extendiendo hacia el exterior. De esta manera, los diferentes barrios están formados por la intersección de calles rectas y diagonales con los círculos, distinguiendo cada casa con un número en común. La numeración de las calles van del 1 al 32 en sentido de las agujas del reloj y la de las circulares comienza por el 1 al 52 en sentido al poniente.
La calle 7 estaba poblada de casas de dos plantas, algunas más viejas que otras, más espaciosas o menos lujosas, pero había una en particular (como me había dicho Kan) que resaltaba del resto. Esta casa que buscaba era la más derruida de toda la sección, podía tratarse de una casa de ánimas perdidas, donde se practicaban rituales con magia negra e invocaciones malignas; las maderas podridas por el paso del tiempo parecían la dentadura ennegrecida de una vieja bruja de cuento de hadas y podía escucharse crujir con cada viento fuerte que soplaba desde el Poniente. Aún así, era una casa común y corriente con un dueño no tan común.
—¡Sí! ¿Qué quiere? —gritaron desde atrás de la puerta de entrada tras golpear unas cinco veces.
No pude responderle con rapidez, todavía sufría los embates de la resaca de la noche anterior. La puerta se abrió levemente hasta hacer tope con una cadena dorada que había al otro lado y servía de pestillo. Un ojo azul apareció y medio mostacho cano con la mitad de una boca intentó pronunciar de nuevo las palabras.

—Señor Jilly, vengo de parte del Ministerio —le interrumpí—. ¿Qué sabe del apagón que sufrió la ciudad hace unos días atrás?
—Yo no sé nada del apagón. Y ahora váyase —me dijo con un humor de mil genios avernales—, no tengo intenciones de hablar con nadie.
—Entonces le diré a los de Salubridad y a los de Infraestructura que no hablen con usted y tiren abajo directamente esta casa, que tantas normas está infringiendo.
Detrás de la puerta solamente se escuchó una respiración agitada. Jilly estaba meditando mi mentira más osada en el mismo instante en el que me planteaba si me había excedido en el poder que me había conferido Kan. Quizás estaba utilizando bien la cuota de poder permitida.
—No —respondió al fin, su voz parecía más calmada y sumisa—. Si tiran abajo esta casa, yo… Esta casa significa mi vida entera. Aquí nacieron tantos, murieron tantos y vivieron tan poco.
—Entonces ayúdenos, señor Jilly. Y le prometo que no tocaremos su propiedad.
El viejo cerró la puerta y quitó el pestillo. Cuando volvió a abrirla descubrí que se trataba de un hombre avanzada edad, unos setenta años aproximadamente. La mitad izquierda de su cuerpo era una horrorosa expresión de cables enredados, circuitos y metal a medio oxidar. Me quedé sin palabras y recordé que no había habido guerras en el país desde la Caída, por lo que estuve unos segundos pensando en la procedencia de aquel extraño hombre.
—Soy el último sobreviviente del asedio a Tetlán, si es lo que te estás preguntando.
—Pensé que habían muerto todos.
—Me dieron una pensión vitalicia a cambio de mi silencio. A la Unicidad no le gusta la mala propaganda.
«No me diga», pensé.
—Pero, fuera de eso —continuó—, no debería temerme. Sé lo que es ser ignorado por la sociedad. La gente pasa por la puerta y apura el paso, los niños vienen a gritarme cosas horribles por las tardes y los vecinos arman juntas para quitarme de este lugar, señor…
—Stavros… —respondí deseando que no estuviera familiarizado con mi rostro o con mi apellido.
—Señor Stavros. Esta no es una digna manera de vivir, pero cuando el dinero de una pensión vitalicia es cada vez menos redituable por lo alto de los precios, un hombre puede perder la compostura. Y ni hablar de la cordura. ¿Ha tenido deudas, señor Stavros?
—Sí.
«¡Vaya que sí!».
—No sé cómo fue que este hombre terminó golpeándome la puerta, yo simplemente pensé que era otro anionyta tratando de buscar fieles, un vecino molesto por el ruido de las maderas o un chico envalentonado a gritarme “fenómeno” en la cara. Pero me ofreció tanto dinero que no pude decirle que no, quizás lo sedujo la forma de la casa o que nadie sospecharía lo que estaba haciendo.
—¿De qué hombre me está hablando?
—Un tipo, era alto, moreno. No era muy corpulento, pero llevaba la frente alta. Parecía tener un aire burgués que no se ve desde antes de la Caída. Me dijo que había elegido mi casa porque en este suelo habían habitado sus antepasados o algo así, no le di mucha importancia cuando arreglábamos el monto que me iba a pagar.
—Entonces no le dijo su nombre.
—No recuerdo bien —un pitido agudo se escuchó proveniente de la parte metálica de su cabeza—. Eso sucede cuando quiero recordar algo. Dijo que necesitaba usar mi sótano, que estaba trabajando en algo delicado e iba a necesitar trasladar maquinarias, instalaciones eléctricas y demás. Yo no me opuse porque el sótano tiene una entrada desde el patio trasero.
—¿Nunca vio de qué se trataba?
—Joven —su ojo azul como el cielo encontró mi mirada y pude ver la sinceridad con la que hablaba aquel hombre abatido por la vida y las promesas políticas incumplidas—, si usted viera lo que me pagó, haría lo mismo que yo y no preguntaría tanto. Además, me pidió que no diera aviso a ninguna autoridad.

»Unas horas antes del apagón escuché unos gritos que venían de abajo. Cuando me acerqué a mirar todo estaba a oscuras y no me aventuré a husmear, si llegara a caerme por las escaleras podría encontrar la muerte rápidamente. Al otro día, encontré una nota de su puño que no pude descifrar, calculo que decía que se había marchado. Después de eso no lo volví a ver.
mayo 22, 2014 - , 4 comentarios

Capítulo VI: la Masacre Naranja.

“Un renacer Naranja”

Por Janus Stavros


A las ocho de la mañana de aquel día, arribamos a la costa de la Isla Canaria junto con mi equipo de enviados especiales para “El Pasquín” después de haber transitado las novecientas leguas marítimas que nos separaban de nuestra ciudad. Nos embarcamos en una balsa hasta las playas debido a que la isla es solamente una construcción artificial en medio de lo más profundo del mar de Lyt.
Ni bien pusimos un pie en tierra, fuimos recibidos por la vocera oficial de “Caniles” (el equivalente a nuestro Ministerio de Guerra, Relaciones Exteriores y Diplomáticas), una chica más joven que yo, de cabellos rojos como el fuego sagrado, que se presentó bajo el nombre de Asalah. Sin apellido. Sin pasado. A su lado, una oriunda de la zona muy parecida a un manto negro movía la cola sin vacilar.
Asalah nos hizo una visita guiada por las playas de Canaria, donde me explicó las causas conocidas de su existencia en una zona tan alejada. Para quienes desconozcan la historia, Isla Canaria es el resultado de una fatalidad acaecida hace casi más de cinco años en la llamada “Masacre Naranja”, cuando un grupo de activistas a favor de los derechos de los perros (que, coincidentemente, vestían remeras naranja) vieron truncas sus vidas a manos de autoridades alrededor del planeta. La muerte de por lo menos 1.500 seres entre humanos y animales, conmocionó a la comunidad mundial y, de manera casi viral, se produjeron levantamientos contra los gobiernos de todos los países. La solución llegó cuando se creó una Comisión Internacional Contra el Maltrato Animal (CICMA) y se propuso indemnizar a las familias de las víctimas de la masacre. Dispusieron, además, que se creara un espacio artificial y se destinara ese lugar al bienestar y la comodidad de los perros, proveyéndoles de por vida el sustento necesario para que no se volviera a cometer aquel error.
 Así mismo, la CICMA prohibió —bajo pena de intervención jurisdiccional— el maltrato de cualquier animal y el traslado de todos los perros del continente de Læntheria a la Isla Canaria, donde se les daría asilo y atención veterinaria de por vida. Los seres humanos de diversas naciones pusieron sus profesiones al servicio de las necesidades de la isla, construyendo casas, trazando calles, diseñando museos y todo cuanto precisaran los canes. Más tarde se organizó políticamente al nuevo Estado Canario, y muchas personas se apuntaron como voluntarios a condición de dejar su vida en el continente. Tomaron como iniciativa vestir con remeras o divisas de color naranja en honor a los caídos en su lucha y dejaron bien en claro que su vida estaría destinada a la beneficencia hacia estos cuadrúpedos tan amigables.

“Actualmente ―nos cuenta Asalah―, nuestra población asciende a 700.000 perros, según el último censo llevado a cabo hace dos años”.
Caminar por las calles de Canaria es un placer que no se puede apreciar en ninguna otra parte del mundo, los arquitectos han diseñado casas y complejos habitacionales poniendo todo su empeño. Las comodidades con las que cuentan dan envidia humana. Canaria es la primera nación sin cárceles, puesto que los perros de carácter bravo son puestos en aislamiento para su reeducación e inserción social, pero sin restringirle su libertad.
“Los perros no nacen malvados, es la sociedad que tanto los azotó y usó como entretenimiento morboso la que hizo que su temperamento sea de ese modo. Nosotros intentamos unir los lazos que nos separan de ellos puesto que, al fin y al cabo, somos dos clases distintas de la misma animalidad”.
El recorrido por la zona céntrica de la Isla muestra edificios de escasa altura y espaciosos, apto para personas y animales que sufren vértigo y claustrofobia. Los habitantes de este país cuentan con todo tipo de actividades recreativas, más de cinco mil parques y plazas y, además, cines, hospitales, iglesias, tiendas de ropa y cualquier cosa que necesiten los humanos para su propia existencia. Estos últimos reciben una pensión vitalicia de 10.000 læns por ciclo para cubrir sus necesidades y prosperar en la isla.
“Existen muchos voluntarios que desempeñan diferentes tareas, por ejemplo hay doctores, actores, escritores, editores, etc. Todos abocados al beneplácito de los perros y, también, del resto de los habitantes de la isla. Somos una simbiosis casi perfecta”.
Asalah nos advierte que nuestro viaje concluye ahí, hemos visto cientos de animales contentos y cuidados, bien alimentados y entretenidos, con un techo debajo del cual dormir todas las noches, protegidos del viento y de las maldades de los humanos. Sin embargo, nos indica que existe una disposición de la CICMA que veda a los medios de comunicación de los continentes ingresar en los edificios gubernamentales y ella, como vocera del ministerio de guerra, debe cumplirla a rajatablas. El estatuto de la Isla Canaria es uno de los secretos mejor guardados, allí se especifica no sólo la composición de su Gabinete y las directivas a seguir, sino también las finanzas con las que se maneja el país, el estado de salud de todos los perros y los ingresos que se hacen ya que, según se cree, existen “agentes” naranja infiltrados en otros países del mundo velando por la seguridad de los pocos perros que quedan en el mundo y fueron escondidos de las autoridades cuando se decretó que era ilegal para los humanos tenerlos con ellos.
Nos resta pensar qué claro ejemplo de vida brindan estos héroes anónimos que se esfuerzan día a día por brindarles el confort y la atención que estos animales siempre desearon de sus dueños. Nos queda pensar por qué si en este lugar que sus habitantes no saben hablar no existen cárceles y sí las hay en nuestra sociedad. Nos resta pensar que la “Masacre Naranja” fue beneficiosa para ellos y no para nosotros, porque nos hace pensar que pueden acallar nuestras peleas dándonos muerte. Por mi parte, me quedaré unos días más en esta maravillosa isla, durmiendo rodeado de estos gratificantes seres cálidos que no supimos cuidar como sociedad. Yo lo lamento, pero hoy lo disfruto.
La Unicidad, el Gobierno Confederado de los continentes, había depositado su fe en que la constitución del Estado canario supondría inevitablemente un paño frío a los problemas que empezaba a plantear la conformación de la entidad supranacional que regía desde hacía unos 125 años. La Guerra de Independencia había dado frutos indiscutibles, pero el desgaste de su política empezaba a demostrar fisuras que claramente dejé plasmadas en aquel artículo. Solamente era el comienzo.

Y entre sueños de victorias pasadas, el sueño me arrulló, hasta las primeras horas del alba.
mayo 19, 2014 - , 2 comentarios

Capítulo V: glorias pasadas.

Eran las dos de la madrugada. En el barrio de los Alerces todo el mundo dormía o, por lo menos, fingía hacerlo. Mi madre era una de esas que fingía. Para llegar hasta mi departamento, ubicado detrás de la casa de la arpía materna, debía transitar por un pasillo que comunicaba con la entrada, una especie de tranquera donde ingresábamos a la casa por auto cuando vivía feliz mi mentira con Rebecca. Apenas cerré la puerta, escuché abrirse la ventana del piso superior de la casa de mi madre.
—La gente decente no suele llegar a estas horas a su casa.
Levanté la mirada y le respondí con voz calmada.
—La gente decente tampoco suele husmear a los demás. Si tienes algún problema, puedes bajar y decírmelo en la cara. Si no, sigue en tu cueva con tus hechizos y calderas.
Mi madre dio un grito desesperado y cerró la ventana de un golpe. La escuché insultar en voz alta mientras se vestía y bajaba por las escaleras, yo seguí caminando hasta mi departamento que se encontraba cruzando el jardín de los dos grandes árboles en los que me columpiaba cuando era niño. Finalmente, escuché que se abría con violencia la puerta de la casa y ella, con sus pantuflas verdes, corría detrás de mí.
—¡Ven a decirme lo que estabas diciéndome recién! Cobarde —saqué las llaves y las coloqué en la cerradura mientras se acercaba enfurecida—. Si tu padre estuviera aquí, sabes la paliza que te daría, infeliz maleducado.
Cuando llegó al porche, ya tenía la puerta abierta y me había vuelto a mirarla, sus ojos estaban rojos de furia y su boca recitaba incoherencias, típico de su comportamiento, porque cuando se enojaba su mente trabajaba en una frecuencia diferente al de su boca y las palabras se encimaban, provocando una respiración agitada y una palpitación constante. No me importaba lo que le sucediera.
Le cerré la puerta en la cara y la dejé hablando sola.
El día me había dejado agotado, no particularmente porque haya sido laborioso, sino que las emociones intensas y los pensamientos pesaban mas en mis huesos que trabajar en una mina de carbón diez horas al día. Era muy tarde, debía irme de dormir, pero algo en mi cabeza no me dejaba descansar. Kan había llegado demasiado lejos y yo también al aceptar su propuesta. Pero, ¿qué podía hacer? No podía seguir permitiéndome ser un mediocre, no después de lo que había acariciado en el pasado. Las glorias pasadas no me dejaban dormir por las noches.
Me quité los zapatos y puse algo de música para relajarme, pensé que sería buena idea escuchar un cuarteto de cuerdas o una sinfonía en frecuencia media, porque quizás un exceso de tonos en baja frecuencia podría llevarme a danzar con los espectros de la oscuridad. Cosa de tontos, no me hagan caso.
Serví vino de fresias en una copa y me senté en mi sillón a escuchar las melodías que escupía el reproductor. En un instante, mi mente se transporto hasta otro lugar. No niego haber hecho viajes astrales alguna vez, es una vieja practica que enseñaban en el colegio para localizar otras culturas, otras dimensiones u otras existencias aparte de la nuestra, pero es de idiotas pensar que no existe en el universo más formas de vida que la propia. Sin embargo, no podía concentrarme en lo que intentaba hacer para relajar mis músculos, siempre venia a mí la voz desafiante de Kan:
“¿HAS VUELTO A LA ISLA?”
No entendí por qué había decidido jugar esa carta, hasta que vi el cuadro que colgaba en la pared. Todo se reducía a aquello, que mi jefe de redacción me hubiese encomendado para hacer un trabajo imposible, que mis compañeros de oficina me vieran de manera desdeñosa, que mis fuentes se esfumaran de la noche a la mañana. En resumen, mi credibilidad había dejado de existir por acción de una simple llamada telefónica, mi vida se había arruinado por haber hecho bien mi trabajo, por mostrar cómo progresaba una sociedad que había sido condenada a muerte y que tuvo que ser rescatada de la miseria para construir un nuevo orden que pudiera mantener a raya a los sediciosos que siempre solían aparecer. Rebecca fue la gota que rebalso el vaso de esa vida que ya se había salido de control.
Bebí el contenido de la copa y me serví más. Me acerqué despacio hasta el cuadro casi amarillento por el tiempo que había pasado y sonreí. Era el pasado lo que ahora olía a humedad y a viejo, era traer a la memoria los vestigios de una batalla ganada en una guerra que no daría tregua años después. Habían pasado cuatro años, miles de periodistas de segunda habían intentado llevarme por delante y que, cuatro años después, pudieron lograrlo. Incluso Newell Rot y sus ojos color ámbar habían podido robarme una historia a costa de acostarse conmigo.
Estaba fundido mental y financieramente. No había más nada que pudiera quitarme Rebecca, se había llevado hasta mis ganas de morir dignamente. Lo único que me quedaba del pasado era un pedazo de papel que reflejaba mi potencial, un viejo articulo para “El pasquín” como enviado especial a la isla más famosa de los últimos años. Recuerdo que las ediciones se agotaron por semanas y fui el centro de los aplausos, como así también el centro de todas las miradas despectivas a lo largo del continente. No me importo, como me importan tan pocas cosas de la política internacional. Y, sin embargo, debería haberme hecho eco de lo que decían de mí.
Descolgué el cuadro y lo admiré en silencio. Ver mi nombre en esa hoja me dio esperanzas de volver a escribir un artículo de iguales proporciones que me sacaran de la lista negra de las autoridades gubernamentales. Hacía unos ciclos pensaba que quizás mi nombre se limpiaría si escribía un libro contando mi verdad, pero entonces arribé a la conclusión que contar “mi verdad” era darle un sentido subjetivista a la totalidad. La verdad es una sola, no existen verdades individuales.
Si mi padre hubiese vivido para ver eso, saldría con su fusil a matarlos a todos. Así era papá, peleaba contra todo el mundo por su único hijo. Yo creo que, lamentablemente, salí a mamá. Espero no convertirme en ella un día, odiaría eso con todo mi ser.
Volví a la tranquilidad de mi sillón y, procurando terminarme la botella de vino esa misma madrugada, le quité el marco al cuadro y tomé entre mis manos la hoja de papel. Era tan frágil que apenas se escuchaba crujir entre mis dedos. Hasta aquella hoja se había vuelto tan frágil como yo con el paso del tiempo y los vejámenes psicológicos que había sufrido. Y era un tonto pedazo de papel. Había tantas cosas por escribir en el mundo y yo me había empeñado en volver a abrir una herida que parecía sellada, una herida que el resto del planeta debía olvidar por el bien de los gobiernos de todos los países.
Hacía cuatro años pensaba que nadie debía olvidarse de la llamada “Masacre Naranja”. Aún lo sigo sosteniendo.
mayo 14, 2014 - , , 0 comentarios

Revés

(Texto originalmente publicado el 17 de septiembre de 2008, sin ningún tipo de edición. Perdonen los errores)



Lo que necesitaba imperiosamente era algo de aire, sucedía en algunos casos que el ambiente diario me nublaba la vista, el aire enviciado por mis propios problemas me causaba más problemas. Mi mente necesitaba un poco de aire fresco para poder pensar o encontrar una salida y planear su propia fuga de mí, en fin, necesitaba e imploraba por dejar los problemas en casa e irme. Recuerdo muy bien que era un día de semana, parecía uno de esos viernes en los que iba a terminar de madrugada, con una borrachera infernal, alguien tirándome agua en el rostro y yo, desde la inconsciencia repitiéndome por qué me había encaminado a sentirme tan terriblemente mal. Lo malo de las borracheras es el día después y esa infinita plegaria que se eleva por que el suplicio de la resaca termine de una vez y no se lleve todos los lamentos del día. Pero era uno de los viernes en los que no necesitaba escribir otra historia de vísceras revueltas o cólicos hepáticos, simplemente quería que fuera algo escapista, alguna salida que me diera a entender que había algo más que las cuatro paredes que me separaban del mundo. Incluso podría llegar a haber uno que otro trago, no lo niego, pero eran dadas las circunstancias, precisaba ser parte del mundo exterior pero no de ese enfermizo. Me llamaron mis amigos, me arreglé lo mejor que pude y salí a encontrarme con ellos.
La noche empezaba en cualquier bar, quizás en el más alejado de toda la zona, pero qué más daba. Aprovechemos que mañana no tengo trabajo, perdámonos por aquí, entremos allá… a veces no temíamos de entrar en la recepción del mismo infierno. Camino a esos lugares estaba todo lo que adorna a la sociedad, el contraste de las clases sociales, la droga, los niños y una especie de collage muy poco probable que pudiera llegar a escaparle a la imaginación de cualquiera. Las tribus adolescentes, aquella excitación que solamente motiva a la imaginación de los jóvenes por un corto lapso de tiempo, eran casi los dueños de las calles, avenidas principales y veredas donde se erigían los bares de la zona céntrica. Más allá de ahí, nosotros nos considerábamos “normales”. No teníamos avatares de la delincuencia, no teníamos fotos con cara extraña en alguna página de internet conocida o simplemente, no dejábamos que el pelo nos tapase la mitad de la cara. Quizás fue por cuestión de principios o todos comprendíamos que las modas solamente significan comercialización y aquellos que quieren hacer una revolución no saben que están siendo esclavos del merchandising. Consideré que no era momento, lugar ni mi intención darles una orientación a aquellos infelices librados al azar, si quieren orientarse que se consigan un perro lazarillo o que los exterminen. Francamente me resulta indistinto.
Yo intentaba deshacerme de su recuerdo, recordar quizás que debía olvidarla o cualquier experimento extraño que un adolescente puede llegar a poner en marcha para dejar atrás su sufrimiento sin olvidar ni dejar de sufrir. Pero consideré que sería mejor si ellos lo ignoraban, no quería pasar a ser el único que demuestra que sufre por una mujer. Además el stress de la novela que estaba escribiendo me estaba matando, me nublaba la vista, no me dejaba avanzar ni siquiera laboralmente. Pude comprobar al fin que saliendo un poco estaba mejor, me estaba olvidando de muchas cosas, reía con las ocurrencias de quienes me acompañaban. Hacía mucho tiempo no me sentía así. Llegados al bar, ubicamos una mesa dentro, cerca de los sanitarios y comenzó la duda acerca de qué tomar. Por lo pronto una ronda de papas fritas acompañaría cualquier tipo de brebaje que pudiera ocurrírseles: esa noche andaba sin preferencias. Podría haber sido una noche como cualquier otra, tapándome la cabeza con la almohada en mi cama reconociendo ser lo peor o también estar fingiendo ser el mejor en un prostíbulo poco decente de cualquier mundo. Pero no: esa noche estaba con mis amigos. Pidieron dos cervezas, sentí que había arrancado todo. ¿De qué hablar ahora? Política, no. La verdad es que a veces las conversaciones que los hombres mantienen suelen ser aburridas, porque no puede hablarse más que de deportes, de mujeres y muy ocasionalmente de cosas que tengan que ver con la tecnología o de dinero. Traté de mantener el clima, sabía que debía acabar de una vez con la mala racha que me aquejaba. Necesitaba también darle un revés a mi destino, quebrarle el saque. Aunque sea ganarle una partida. La música no era de la más agradable, tenía gustos raros, es más: ni siquiera tenía ganas de escuchar las trivialidades de las que estaban hablando mis amigos o las banalidades que terminan vociferando cuando la borrachera los toma por esclavos. Pero, en fin.
Cuando pareció ser una noche como todas las demás, pasadas las dos horas desde la medianoche, dos chicas llegaron al bar y se ubicaron a unos metros de distancia de donde nosotros estábamos. Y parecía que solamente yo las había visto entrar: una era de escasa estatura, cabellos castaños claros, ojos oscuros y una curvatura que parecía recientemente dibujada por la mano de un animador entusiasmado. La otra era igualmente bella, aunque un poco más alta y más delgada, su cabello negro caía lacio y reluciente hasta la altura de su cintura, despechugada y exuberante, con ropa sugerente a hacer explotar todos mis sentidos. Quedé impresionado. Tenía que haber sido una señal, las dos me gustaban pero no estaba seguro de llegar a poseer a ambas o, aunque sea, a una de ellas. Pero debía hacer el intento. Le llamé la atención a uno de mis amigos y le propuse ir por el tesoro, cualquiera de las dos para cualquiera de nosotros dos. Sin embargo, expuso que no podía porque si su novia se enteraba iba a terminar de la peor forma. Yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo, no tenía la valentía suficiente para ponerme de pie e ir hacia su mesa y exponer cualquier elemento estúpido de conversación, pero sentía que sería mi oportunidad de vencer a todo eso malo que me decía “no” como si alguien o algo pudiera llegar a decirme qué e lo que tengo que hacer y qué cosas no. Lo analizaba detenidamente mientras ellas reían con sus propios chistes y en mi mesa se vaticinaban discusiones sobre cosas de las que mucho no entendía y pasaban los energizantes con bebidas blancas y los licores.
Debía ser eso. Llamé a la moza, cantinera, mesera o como sea que se le dice a la chica que estaba sirviendo las mesas y le pedí una botella del mejor vino espumante, pero al pagarlo ordené que se lo enviaran a la mesa de las dos chicas de la punta, sí, aquellas que habían llegado hacía sólo cuarenta minutos. El flaco está loco, perdió un tornillo antes de entrar a este lugar o quizás vino así de su casa, está raro: seguro sigue con sus sueños extraños de encontrar a la mujer de sus sueños en alguno de estos lugares, puede ser que siga llorando en silencio por esa que jamás fue suya y creyó todo lo contrario. Esta noche el flaco, amigos míos, no tiene ganas de pensar más que en alguna de aquellas dos. ¿Cuál de las dos? ¿La de escote pronunciado? ¿O la de falda de jean? Quizás estén lejos de lo que esperas en una mujer. El asesinato de esperanzas venía por su lado que, a modo de bromas para sacarme de mi ensimismamiento, surgían. Pero no terminarían jamás de dar crédito a la estupidez que hice al enviar la botella hacia un lugar que no era nuestra mesa. Ninguno de los que estaba de espalda a ellas se animó a voltear a ver cuando la mesera señaló desde dónde venía aquel inusitado obsequio. El rostro de ambas fue de un asombro tal, que no sentí ni siquiera una pizca de denuedo. Al primer intento de devolver aquella botella de vino, me haría humo del local. No obstante la aceptaron y me llamaron con insistencia hacia su mesa, tuve que ir solo ya que nadie atendió mis suplicas de acercarme. Parece que el revés empezaba a resultar.
El interrogatorio fue breve, conciso y me sirvió como para notar mi suerte. Los dos ángeles tenían una noche entera para festejar su encuentro, pero a mi no me interesó si era una despedida de solteras o qué. Yo buscaba compañía. Sí, era todo tan rápido y natural que ni siquiera yo podía creerme tan espontáneo. La castaña se llamaba Irene, tenía unos 23 años, era estudiante de medicina y tenía pareja desde hacía un año más o menos, jamás especificó, no buscaba ninguna relación formal ni mucho menos serle infiel a su pareja, por lo que fue un alivio encontrar alguien así en un lugar tal. Era alguien digno de fiar al fin y al cabo. No había nada que llegase a darme la pauta que la otra chica tuviera también pareja, más bien por la forma de ser y de vestir me daba la impresión que era solitaria y le gustaba las relaciones casuales. Entonces expresé mi parecer.
—No te equivocas en nada.
Mi contento fue grande, pero todavía o tenía nada asegurado. Así que sin pensarlo, las palabras comenzaron a escaparse de mi boca sin control alguno. Le comenté que había sufrido mucho, que necesitaba cambiar el aire de mis soledades, de mis sufrimientos y nimiedades. Fue todo tan espontáneo que le dije que quería conocerla, estar con ella y hasta le cuestioné si eso era posible. Ella, como con lástima y descontento al mismo tiempo, me miró a los ojos y con un tono de voz impertérrito y bajo, contestó:

—Yo soy su pareja —y besó en la boca a su amiga.
mayo 12, 2014 - , 1 comentarios

Capítulo IV: Golpe bajo

—Entonces te divorciaste —todavía podía escuchar cómo bajaba la cerveza por la garganta de Kan mientras sus ojos brillaban de alegría.
Habíamos llegado a un bar céntrico donde nos reuníamos con frecuencia antes que mi ex mujer decidiera que mis antiguos amigos eran una mala influencia para mí. A nadie de los allí presentes pareció importarle que un periodista y un Ministro estuvieran viendo un show de nudistas.
—Me estoy divorciando, sí —respondí mirando de reojo a una chica de cabellos negros.
—Me imagino cómo debe estar la muy altanera… ¿Se llamaba Selena?
—Rebecca.
—Ah, sí… Rebecca. ¡Me imagino cómo debe estar! Lamentándose por los rincones porque te perdió y nunca te valoró —puso un pedazo de jamón dentro su boca.
No me animé a decirle que no estaba muy arrepentida de lo que había hecho y que se estaba quedando con la mitad de mi vida. La mitad útil. Pero necesitaba mirar al futuro, saber si podía encontrar algo que fuera la chispa para una gran inspiración. Tomé otro trago de cerveza y me quedé en silencio, no me animaba a pedirle algo a Kan después de tanto tiempo sin tener contacto con él.
—No viniste a hablar de ella, ¿no? —la mirada que le dediqué fue tal que pudo haber leído hasta mis intenciones más escondidas— Janus, siempre fuiste tan predecible. Si no estuviera metido en el gobierno, no sé qué podrías venir a pedirme…
—Kan, yo… —estaba tan nervioso que no podía disimularlo.
La carcajada que soltó fue estridente y sincera. Me palmeó la espalda, bebió el contenido de su vaso y se limpió con la manga de la camisa azul. Movió la cabeza en señal de aprobación y me miró con complicidad.
—No has cambiado en nada, Jan. Siempre tímido y temerario al mismo tiempo. Me gusta esa actitud, aunque pudiera ser un poco peligrosa en exceso —no le respondí—. Bien, entonces quieres saber sobre la muerte de Reiht.
—Dime todo lo que sepas.
Kan pidió otra botella de cerveza y se recostó sobre el sillón. El bar estaba lleno de gente, las chicas bailaban con poca ropa por unos pocos læns (moneda oficial) y las luces eran tan tenues que nadie podría reconocernos allí dentro. Hacía tanto tiempo que no salía que aquello parecía ser una nueva experiencia. Sin embargo, había conocido aquellos placeres durante muchos años antes de casarme.
La chica de cabellos dorados bailó durante cinco minutos más, mientras Kan ponía otro billete en su ropa interior. Después se enderezó y la despachó, dejándonos a solas para conversar del tema.
—Lo que tenemos no es mucho —continuó—. En realidad, es nada. La Unidad de Homicidios revisó el lugar y no encontró nada. Mañana a primera hora le van a practicar una autopsia para intentar identificar las causas de su muerte, pero suponemos que fue una muerte natural.
—¿A su edad? —se me puso la piel de gallina, Reiht era casi tan viejo como yo y la posibilidad de una enfermedad mortal que atacara a esa edad me acercaba más a la tanatofobia.
—La autopsia podrá confirmarnos si nos estamos manejando con hipótesis o con una verdad absoluta. Su desconocido círculo familiar y amistoso dificulta mucho más saber si estaba enfermo de algo. Lo extraño de que haya aparecido muerto es que quizás tenga conexión con el gran apagón que hubo, del que seguro estarás escribiendo algo.
—Algo —le contesté desanimado—. Roberto mandó que siguiera cubriendo el tema mientras toda la edición va a ser dedicada a la muerte de este tipo. Y, sinceramente, no sé si será un tema de Seguridad Nacional, pero no encuentro ni una pista del incidente. Y si tuviera alguna conexión con la muerte de…
—¡Exacto! —me interrumpió con su vozarrón intempestivo— Si tuviera una conexión, ¿serías capaz de sacarla a la luz?
En ese momento me asaltaron las dudas, quizás era el efecto del alcohol lo que me inhibía, pero sabía que era un tipo retraído, que no me costaba echarme para atrás si algo se ponía espeso. Pero, sobre todas las cosas, me habían atacado las dudas cuando me di cuenta por qué mis fuentes no se habían puesto en contacto conmigo, había algo en mi pasado (fuera de mi mujer) que me condenaba al anonimato.
—Quieres que haga el trabajo sucio —me aventuré a decirle.
—Una mano lava a la otra, Jan. Y, que yo recuerde, tus fuentes no consiguen ni una pizca de información desde aquello de la masacre. ¿Recuerdas?
La jugada fue osada. Golpe bajo. Kan se había atrevido a juzgar mi pasado cuando ni siquiera yo juzgaba sus sucias maneras de castigar a los criminales. Ahora pretendía que investigara para él, mientras se dedicaba a hacer sabe quién qué cosa. Si bien era cierto lo que decía, no era manera de utilizarlo como chantaje para que pudiera hacer trabajo extra, el mío y el suyo. Pero como me encontraba sin salida, tuve que acceder a ser chantajeado a regañadientes para limpiar mi “buen” nombre.
—¿Qué es lo que tienes?
—Solamente la punta del ovillo. Calle 7, entre el Círculo 16 y 17. Es una casa de aspecto descuidado, no será difícil que la olvides. Pregunta por el viejo Jilly, seguramente te va a atender y se hará el tonto para que no lo interrogues. Según me dijeron le tiene miedo a las autoridades, así que dile que vas de parte del Ministerio… calculo que con eso tendrá más que suficiente para soltar la lengua. Pregúntale sobre su sótano, es algo que me llegó extraoficialmente. Necesitamos nombres, Jan. Esto puede ser grande para los dos.
Sin mediar una palabra más, me puse de pie y le di 20 læns para pagar lo que había consumido. Él rechazó el dinero y me estrechó la mano contra mi voluntad.
—Por cierto —agregó—, ¿has vuelto a la isla?

Tomé mi abrigo y me fui sin responderle.
mayo 05, 2014 - , 4 comentarios

Capítulo III: el jinete acéfalo.

Para quienes no la hayan visitado todavía, la ciudad de Cristófobos, mi nación, se encuentra en el extremo sur del continente de Læntheria. Al norte limita con los climas tropicales de naciones como Shiam y Niam, las ciudades sin mar; al oeste, las cadenas montañosas nos alejan de la incivilizada manada de animales que se oculta al otro lado; y tanto al este como al sur, el mar de Lyt baña las playas de nuestra ciudad costera.
El Viejo Embarcadero, sin embargo, es una zona bastante complicada de describir. Se trata, como bien su nombre indica, del lugar donde antiguamente  embarcaban y desembarcaban las naves, como sucedió cuando llegaron los conquistadores y cuando los piratas penetraban a producir sus desmanes, doscientos años después de los primeros. Lo curioso que es que el Viejo Embarcadero en el fondo de un precipicio, el cual es un bosque. Se hace dificultoso llegar a este lugar llamado histórico por las autoridades porque se debe seguir un camino bordeando el bosque y desviándose unos cinco kilómetros hasta una bajada lateral que conecta con la costa y luego debe retomarse el camino por la “Bahía de los Condenados”.
Aquella tarde de mediados de mes, tomé el autobús que bordeaba la costa y me bajé a las puertas del bosque, en un paraje donde solamente se encontraba la garita donde esperar el bus en la mano de enfrente. El camino pavimentado era más frío aun cuando la bruma que se levantaba del suelo devoraba el camino. Bordeé cuidadosamente el bosque y descendí por la bajada que daba a la playa “Esmeralda” y camine unos cinco kilómetros hasta llegar a la Bahía, una dependencia del Ministerio de Defensa Civil rodeado por alambradas con gruesas púas y un puesto de seguridad con un hombre vestido de gris y un grueso fusil en sus manos.
—¡Las manos donde las pueda ver! —me gritó al mismo tiempo que me apuntaba con el arma cuando aparecí dentro de su campo visual.
Levanté las manos y declaré que iba a ver al Ministro, el oficial me miró con sospechas y habló por el intercomunicador mientras mis hombros se acalambraban, seguramente nadie sabía que Kan estaría allí esa noche. Después bajo el arma y revisó mis pertenencias, no llevaba mucho tampoco, solamente mi bolso con un anotador y hojas, además de mi teléfono celular. Entonces me dejó pasar.
Bahía de los Condenados es un lugar frío y oscuro, aún cuando el calor del verduum golpea sin cesar con sus tormentas y la pleamar en su apogeo. Quizás deba su atmosfera a la leyenda que se había creado alrededor de ella y que había llevado a la zona a ser vigilada por las fuerzas de seguridad. O posiblemente haya sido todo una excusa. Sin embargo, adentrarse en la Bahía no es tan fácil como caminar por cualquier playa de las que le rodean. No. Después de unos doscientos cincuenta metros se levanta el campamento alrededor de lo que le da relevancia a este lugar, la gran horca de Cristófobos.
En realidad, se trataba de un cadalso de unos treinta metros, una estructura de madera vieja que adornaba el centro del campamento, alrededor del cual se erigían las barracas donde los uniformados dormían. El tablado era imponente, puesto que disentía con el resto del paisaje, pero también le daba un toque feroz al campamento. Algo dentro de mí fue agrietándose al alzar mis ojos y ver las cinco cuerdas meciéndose al compás del sonido crujiente de la madera. Los cinco cuerpos que colgaban de la horca ni siquiera se movían.

—Inquietante, ¿no? —la voz de Kan fue como un trueno cayendo detrás de mí. Puso su gran mano sobre mi hombro y sentí el peso de sus ciento veinte kilos en sus cinco gruesos dedos.
—No sabía que seguías haciendo esto —contesté, no por nada los índices de delincuencia y tráfico de estupefacientes había descendido considerablemente—. Pero sabes que nunca he visto bien que prolifere esta lacra.
Kan se puso a mi lado, era un hombre fornido y temerario, sin mencionar que medía casi un metro más que yo.
—Solamente son narcotraficantes, Jan. Y sabes que lo hago aquí por una cuestión de discreción y… tradición. Aquí se hacían las ejecuciones públicas hace doscientos años. Mi abuelo en persona era el verdugo de los infelices que caían en la desgracia de morir aquí, donde nació la leyenda del jinete acéfalo.
Los hombres de Kan empezaron a bajar los cuerpos estrangulados de los prisioneros.
—¿Qué es eso del jinete? —pregunté mirándolo a los ojos.
—Verás —me condujo lejos del cadalso, intentando llamar mi atención—, mi abuelo fue comisario cuando esto era apenas un pueblito de seis o siete mil habitantes. De esto ya hace mucho. Como buen encargado de mantener el orden, mi abuelo condenaba a la horca o a la decapitación en igual proporción a los crímenes cometidos por los delincuentes, luego se abría el testamento y el Estado confiscaba un 30% del total por indemnización de los perjuicios ocasionados.
»Cuenta la leyenda, que un día mi abuelo tomó prisionero a un ladrón de diligencias y asesino profesional cuyo patrimonio era tres veces superior al de Loy Hamman, el ladrón más grande de todos los tiempos. El nombre del reo era Bhar, a secas. Bhar fue llevado al cadalso y decapitado sin juicio ni proceso, mientras él gritaba ser inocente y maldecía a mi abuelo. Como Bhar no tenía familia que reclamase su fortuna, el Estado se quedó con el total de su patrimonio y mi abuelo, ve a saber por qué, se quedó con la cabeza del bastardo.
»Desde ese día, Bahía de los Condenados se volvió un lugar azotado por la visita constante de un jinete sin cabeza que atemorizaba a todo el mundo y pedía justicia por su alma y la reivindicación de su cabeza cortada. Fue así hasta que mi abuelo solo y desarmado apareció en persona en la Bahía con la cabeza de Bhar. Lo encontraron flotando en las costas del sur dos días después sin cabeza, obviamente; en cuanto al jinete, nunca más se le volvió a ver.
Me quedé en silencio mientras llegábamos a la playa de estacionamiento del campamento. Sabía que la leyenda del jinete era conocida, pero ignoraba que el protagonista fuera su abuelo. Me abrió la puerta de su auto y me sonrió al notarme enmudecido.

—Es una leyenda, Jan. Mi abuelo fue el comisario más corrupto que tuvo este pueblo, mandó a ejecutar a cientos de inocentes y fue decapitado en una revuelta en ese mismo cadalso que viste. No fue ningún héroe, su nombre fue borrado de los registros y libros de Historia y a mi familia se le permitió seguir viviendo aquí bajo la condición de cambiarnos el apellido. Hermosa historia, ¿no crees?
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