julio 14, 2014 - , 0 comentarios

Gran Maestro


Anoche me puse a llorar a los pies de la tumba del Ultimo Gran Escritor. Me encontré desconsolado, mis manos temblaban como hojas de papel golpeadas por el inclemente viento que dobla los espíritus con su despotismo. Ese vaivén que doblega con violencia la memoria de aquel gran héroe, que hoy llora desde el más allá por las aberraciones que le toca presenciar, desde ese limbo intelectual en el que ha decidido trascender. Ya no hay improntas lúdicas, ni textos antiguos traídos de oriente o imaginación sin límite, no hay fantasía; solamente hay detractores políticos, académicos que llenan los anaqueles con vacías fórmulas de felicidad y sin sentido, estrellas adolescentes de música que creen haber tenido una larga y extensa obra publicando su autobiografía.

¡Oh, Gran Maestro! ¿Dónde han quedado las historias en las que los hombres se hacen más sabios por el simple hecho de querer serlo? ¿Cuándo hemos perdido el talento de tantos juegos, de tantas leyendas, de tantas parábolas de la antigüedad hechas prosa? Hemos perdido la calidad por el simple hecho de querer vender, hemos desterrado nuestra imaginación a un lugar donde el placer lo administra el frío cuero negro del sadomasoquismo intelectual. Nos matriculamos en una academia donde proliferan los vampiros del mal gusto y los fenómenos que aparentan llevar una vida normal.

Y, mientras el helado vendaval esconde en lo más profundo de mí esta decepción, limpio las lágrimas que derramo ante la tumba de aquel Gran Hombre, el escritor que ha muerto de manera física y al que sus hijos están matando intelectualmente día a día, año a año. Solamente ansío hurgar la tierra con mis propias manos y meterme allí dentro para refugiarme del oprobio y la vergüenza ajena, para no ver lo que está sucediendo.

¡Oh, Gran Maestro, perdónalos…!


julio 07, 2014 - , 0 comentarios

Capítulo XII: la apuesta.

La redacción de “el Pasquín” era francamente un hervidero. Y me quedo corto en la descripción. Los reporteros iban y venían, los teléfonos no paraban de sonar e incluso la gente encargada de la seguridad del edificio asistía a los editores alcanzándoles recortes o impresiones. Vi a unos cuantos tomarse de la cabeza. Sin embargo, yo entraba muy campante al edificio, como si nada sucediese, como si no me hubiera ausentado más de 48 horas de mi trabajo para dar con una pista que no conducía a nada y para dar de lleno con la cabeza en el paragolpes de mi propio auto expropiado por mi ex mujer.
Roberto pasó por enfrente mío pero no pareció verme. Se detuvo en el acto y retrocedió unos pasos, mientras su rostro tan apasible y ladino se transformaba en un remolino de furia que amenazaba con dejar atrás al mismísimo huracán de fuego que sacudió inexplicablemente a las laderas læntherianas dos años atrás. Me esperaba que aquello sucediera, sin siquiera saber que debería blandir alguna excusa para no ser expulsado de mi puesto de trabajo o terminar empaquetando números viejos del periódico en el segundo subsuelo de la redacción.

―Hasta que se te ocurrió aparecer…
El comienzo no pareció tan intempestivo.
―Yo…
―¡Dos días sin tener noticias tuyas! ¿Y lo único que se te ocurre es comenzar una excusa con la palabra “yo”? Lo único que te pedí fue que escribieras un artículo sobre ese maldito apagón y te desapareces como si te hubiera raptado un grupo comando de las montañas de Cipria, solamente para entrar dos días mas tarde tan radiante aquí y sorprendiéndote de la cantidad de trabajo que tenemos. Eres de lo que no hay, Stavros. Realmente.
―Sé que no tengo justificación para lo que hice pero…
―¿Fuiste de regreso a esa isla del demonio?
―¡No! ―estaba cansado que me recordaran ese momento que marcó tanto pero que ya había quedado tan en el pasado como mi divorcio―. Estaba persiguiendo una pista muy importante relacionada con la muerte de Reiht. Estoy, de hecho.
―Y por eso no contestabas las llamadas que te hice y desapareciste durante dos días, ¿no?
―Estuve “secuestrado” en la casa de mi ex mujer. Me atropelló con mi propio auto y me mantuvo en su casa para evitar que la demandara. Sé que suena algo increíble, pero puede hablar con su nuevo esposo, es médico, para darle un panorama más claro de todo este asunto.
Roberto me miró de pies a cabeza y notó que algo no andaba bien en mí, tenía unas cuantas magulladuras que se marcaban en mi piel y mi aspecto no era el mejor.
―De acuerdo. ¿Qué tienes sobre Reiht? Podrías ayudar a Cyndie con el informe que tiene…
―Nada de eso. Lo que tengo sobre este tipo es mío, me preocupe por buscarlo a fuerza de meterme en cualquier lugar, pedir favores y poner en riesgo mi vida. Este es mi artículo, no quiero colaborar con ninguna de estas alimañas trepadoras ―mi posición se hizo fuerte, me había envalentonado tanto que podía sentir un león rugir dentro de mi―. Esto es lo que vamos a hacer, dentro de tres días le traeré información sobre lo que sucedió con Reiht y con lo que sucedió en ese bendito apagón del que tanto quiere hablar. Le daré dos informes de cada una de esas historias y usted es quien va a decidir cuál se publica.
―¿Y si ninguna de las dos me satisface?
Tomé aire y solté la frase que podría llegar a marcar el final de mis días.

―Si ninguna le gusta, puede despedirme.
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