mayo 29, 2015 - , 0 comentarios

A enredar los cuentos, de Gianni Rodari

-Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.-¡No, Roja!
-¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”
-¡Que no, Roja!
-¡Ah!, síRoja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.
-No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
-Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
-¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
-Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”
-¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”
-Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
-¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
-Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
-¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
-Exacto. Y el caballo dijo…
-¿Qué caballo? Era un lobo
-Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
-Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
-Bueno, toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico.
mayo 27, 2015 - , 1 comentarios

Epílogo



El mar está calmo, por ahora. Después de los sucesos que empujaron a descubrir las maniobras oscuras que manejaba Kan desde el Ministerio, Ada y yo nos vimos forzados a tomar una nueva vida, separados. Cuando la orden de arresto estuvo vigente, nosotros ya estábamos con rumbo al exilio, aunque ella no tuvo la valentía de mencionarme dónde volvería a encontrarla. Sospecho que podría ser en algún templo al norte, posiblemente en la frontera con el Abismo; allí, los monjes contemplan el vacío de la existencia divina y sostienen en sus almas toda la calma que regala el universo. Mucho misticismo para mí.
 En cuanto a mí, bueno… creo que soy tan predecible que alguien podría sospechar una abrumadora inteligencia que no existe. Volví a la Isla, sí. Y por muy estúpido que suene, quizás Kan sospeche que no sería tan estúpido como para poner un pie de vuelta aquí. Tal vez ninguno de los dos es tan listo como parece o, por el contrario, no nos conocemos muy bien.
Pasaron dos meses desde que casi pierdo mi vida, si es que en realidad no la perdí. Pero veo que el mar está calmo y no me avergüenzo de haberme dejado ganar. No. La Isla Canaria es un lugar que siempre envidié, no solamente por la fraternal compañía de estos animales tan particulares y amorosos, también porque estaba tan alejado del mundo real que quizás me conduje a mí mismo a una trampa para poder escapar. Al poco tiempo de haber llegado me recibieron como uno más, tomé el trabajo voluntario como parte de mí mismo y descubrí las maravillas que ofrecía el mundo libre, alejado de la mano del ser humano, esa que aprendí de manera muy dura cómo es. Tomé una nueva identidad para pasar inadvertido y me obligué a mí mismo a olvidar lo que fui y lo que hubiera sido. Ahora solamente soy.
Sé que la tormenta se acerca, detrás de esa cortina de tranquilidad. Estoy consciente de que lo próximo puede hacer que no termine de contar mi destino, pero si Kan se dispone a atacar lo estaré esperando, sea aquí o en cualquier lugar de Læntheria. Estaré esperando el momento de mi venganza.
mayo 18, 2015 - , 0 comentarios

Intervalo de cinco minutos, de Francis Picabia

Yo tenía un amigo suizo llamado Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara. Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.
Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima... También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.
Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado... Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas...
mayo 06, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - Manus (#6)

Esa mañana, después de los rituales de oficio de su brujo personal, el General miró por la ventana y descubrió que se le había otorgado un día más para ordenar el desorden que se había desatado. Sin embargo, a Perón la situación se le iba de las manos.
mayo 04, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXXI: tiro de gracia.

Creo que el clic duró, al menos, una eternidad. Cerré tan fuerte los ojos que creí haberme lastimado los parpados del lado interno. Sentí que la mandíbula crujía de los nervios. Solamente esperaba el final, el destello de la pólvora abandonando el casquillo… el reflejo que a veces se torna vivir una vida. La garganta se volvió un cúmulo de saliva pronta a convertirse en cemento, cualquier cosa que pasara a través de ella pronto se convertiría en algo menos líquido, menos transparente.
Pero el tiro nunca salió.
—Zardhan, ¿Qué sucede?
Abrí los ojos y pude ver que las luces del laboratorio titilaban de forma muy extraña, como si un cortocircuito estuviese a punto de producirse. Zardhan tecleaba en la computadora del hippos de forma frenética, sus ojos parecían desorbitados. Parecía no entender nada de lo que estaba leyendo en la pantalla. El cuerpo de Ada Limbert se encrespaba como si una lluvia de ondas eléctricas estuviera chocando contra su cuerpo endeble.
—No lo sé. La computadora está marcando una inusual… actividad. Es como si hubiera automatizado su potencial.
Kan se volvió en dirección al doctor, sorprendido. Fue cuestión de segundos, no podía desperdiciar aquella oportunidad que se me presentaba: embestí con toda mi fuerza al muro que suponía para mí aquel agente del gobierno. Fue como querer derribar una columna de concreto, me costó un dolor en el hombro, pero pude tirar su arma. La fuerza nacida de la explosión de adrenalina me hizo llevar a mi antiguo compañero hasta la computadora que intentaba dominar Zardhan. Caímos con toda violencia sobre ella y se desactivaron todos los circuitos. Kan parecía estar inconsciente en el suelo, aunque pensaba que era mi mayor preocupación, los gritos de Ada Limbert que volvía al mundo de los vivos se mezclaron con los quejidos de dolor del buen doctor que estaba tumbado en el suelo, buscando el arma que había dejado caer Kan.
Rebusqué entre mis ropas el arma que había encontrado en casa de Ada e intenté disparar, sin éxito. El arma tenía el seguro puesto. Zardhan levantó el arma y apuntó, parecía que estábamos en presencia de un duelo como en los viejos tiempos y yo ya había desperdiciado mi oportunidad de salir con vida de ahí. Por suerte, al disparar una de las luces que me iluminaba falló y tuvo que corregir su tiro, fallando por unos cuantos centímetros. Aunque estaba helado en mi lugar, volví a intentarlo quitando el seguro; esta vez yo también erré el tiro, pero el rebote en el suelo le dio de llenó en el ojo y lo dejó inconsciente. O quizás lo mató, no me acerqué a verificarlo.
Kan yacía inconsciente sobre los circuitos de la máquina infernal que había inventado Zardhan. Por un momento me invadió un espíritu vengativo que no se identificaba conmigo, Kan había jugado conmigo, me había hecho su espía y, al mismo tiempo, su chivo expiatorio. Pero no más… apunté directamente a su cabeza al mismo tiempo que sentí que el peso del arma me hacía temblar la mano, no sé si por los sentimiento que nacían de mí o por el exceso de emociones en cuestión de minutos.
—No lo hagas.
La dulce voz de Ada me mantuvo en el límite de la locura durante unos segundos.
—Merece morir. Todo lo que te hicieron… los dos.
—No mereces estar condenado por ellos. Tú…
—Era la historia de mi vida, Ada. Ellos arruinaron la única oportunidad que tenía de redimirme, de salvar mi carrera.
—He visto lo que guardas dentro de ti, Janus. En esa casa del bosque, ¿acaso lo olvidaste?
Casi por inercia, bajé el arma. Una inexplicable serie de lágrimas comenzaron a volcarse por mis ojos, sensaciones que no tenían explicación abandonaban mi cuerpo en forma de angustia.
—Puedes darles el tiro de gracia, si quieres. Pero ambos sabemos que nunca quisiste retomar tu carrera; los dos sabemos que fuiste un cuerpo sin alma desde que hiciste ese viaje. Tu alma se quedó en ese lugar. Por eso mismo abandonaste todo, a tu madre, a tu esposa y a tus ganas de vivir una vida plena. Optaste por suicidarte en la rutina día a día, hasta que viste en este caso una potencial excusa para acabar con tu vida.
—Me diste la oportunidad de seguir viviendo, Ada. ¿Por qué?
—No tenemos tiempo para esto —interrumpió pidiendo que la ayudara a salir ahí, gran parte de su cuerpo estaba sumido en un momentánea entumecimiento—. Salgamos de aquí ahora que podemos.
Cargué el débil cuerpo de Ada en mis hombros y arrancamos el automóvil de Zardhan cortando cables. Cada diez segundos me volvía a mirar si nadie salía de ese viejo galpón abandonado. El miedo se volvía parte de mí poco a poco después que aquel reflejo de absoluta valentía poseyera mi cuerpo como un antiguo dios maldito. Nos alejamos unos cuantos kilómetros, tomamos la autovía principal y nos acercamos a la ciudad pensando qué haríamos de nuestras vidas.
—Antes me preguntaste por qué. La respuesta es simple, ellos quieren mi potencial para sacrificar vidas… mi deber moral consiste en salvarlas.
mayo 02, 2015 - , , 1 comentarios

El dedo, de Feng Meng-lung

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

—¿Qué más deseas, pues? 
le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.
¡Quisiera tu dedo! contestó el otro.
mayo 01, 2015 - , , 2 comentarios

50 Sobras - Mi vacío jardín (#5)

Mi hija estuvo por aquí la semana pasada, vistiendo su traje más lujoso y acompañando al imbécil de su marido. Mi hijo también estuvo, mucho más desalineado, parecía llevar resaca tardía. Ninguno de los dos se dirigió la palabra. Yo no podía hacer más que mirarlos; mi mujer ni siquiera vino y no sé si estaba invitada, pero ahí estaban mis entrañas, mis años de esfuerzo invertidos en dos seres humanos totalmente opuestos, yendo a llorar a alguien a quien conocían poco.
Fallecí hace más de seis años y nadie ha dejado una flor en mi tumba, porque piensan que ya nada florece en donde no hay alma.
abril 29, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - "Monstruo" (#4)

Los hombres de traje lo vieron entrar, desalineado y medio dormido, su aliento no olía muy bien. Ellos lo miraron de reojo y pensaron dos veces si era el hombre que debía acompañarlos en la prueba nuclear.

¿Señor Einstein? preguntó tímidamente uno de ellos.

El interpelado, sencillo, respondió:

—Por favor, dígame Frank.
abril 27, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXX: la caza.

Las córneas de Kan estaban enrojecidas, posiblemente bajo la influencia de algún narcótico o por la ingesta desmedida de esa resina herbácea que consumía desde los diecisiete y que le provocaba alucinaciones. Sin embargo, sostenía su arma con firmeza, sabiendo que me encontraba en sus manos como cualquier animal a su merced un día de caza. O como lo estaría cualquier condenado camino al cadalso en aquella bahía. Me miraba desde una posición altanera, como si estuviera por sobre todo y sobre todos, observando fijamente un punto en mis ojos me pidió que caminara hacia el interior del depósito abandonado donde Zardhan conducía el cuerpo de Ada Limbert.
—Entenderás todo en un momento —me clavó la punta del arma debajo del brazo—, solamente necesitamos que cooperes un poco más.
—Creo que ya cooperé demasiado.
Sin contestarme, dobló mis piernas con una patada que me hizo sentir la muerte en carne viva, la fuerza de sus músculos aunque ya un poco avejentados era un poco menos temible que la de cualquier semidios. Sentí que me faltaba el aire cuando su gran mano llena de nudos me tomó de los cabellos y me puso en pie de nuevo.
—Camina.
Nos adentramos en el tinglado, un antiguo almacén que olía a aceite de motor. En una de las dependencias se había montado un pequeño laboratorio cerrado a cal y canto, iluminado con luz negra y apenas algunos reflectores. Olía a puro etanol, nada de aceite viejo y quemado a comparación que el resto de la dependencia, ninguna imperfección. Allí estaba alojada la hippos, una especie de camilla conectada a una computadora auxiliar con la que operaban los neurosensores y neurotransmisores. Parecía tecnología de punta empleada en una tienda de campaña con paredes hechas de plástico transparente, como en esos hospitales móviles de guerra de fines de La Caída. El contraste visual era, por momentos, grosero.
El doctor Zardhan recostó con suavidad a Ada en la camilla y procedió a pegarle los transmisores a su cabeza. Kan me detuvo con su mano en mi hombro una vez dentro del laboratorio.
—Quédate ahí.
Zardhan miró de reojo sobre sus anteojos. Terminó con su trabajo y puso la maquinaria en funcionamiento. Un bip inició el programa informático, de repente la pantalla se iluminó y unos pequeños números aparecieron. Cargando… Kan cruzó el laboratorio sin dejar de apuntarme, después tomó una silla algo desvencijada y la fue corriendo con su pierna hasta llegar a mí. Me obligó a sentarme.
—Ponte cómodo, Jan.
La sonrisa malévola de sus labios se correspondió a una mirada de odio que le había ofrecido.
—No sé qué decir, estoy sorprendido. Pensé que éramos amigos, Kan. Pensé que…
—Creo que ese es tu problema, Janus… piensas demasiado para ser un simple periodista o quizás un redactor fracasado. Mucho pensar y poco codiciar, ¿no? —sus palabras y su manera de actuar me tenían desencajado. Estaba aterrado— Un trabajo mediocre, una relación lastimosa y una madre totalmente despechada, posiblemente tu vida no haya sido una de las mejores, ¿o me equivoco?
—No sé de qué me estás hablando, Kan. Yo…
—¡Shhh…! Silencio. Ya hablaste demasiado, viejo amigo. Debería haberte matado ese mismo día en la Bahía o uno de esos tantos que te tuve en la mira, pero sabía que iba a ser peligroso y también muy poco beneficioso para mí. Al fin y al cabo, estabas llegando tan lejos…
—Di con el último eslabón de esta extraña cadena que armaste. Pero ignoro con qué fin.
Sin siquiera verlo, tan rápido como la luz, sentí un fuerte dolor en mi estómago. Un puñetazo de la gran mano de Kan había impactado de lleno debajo de mis pulmones, dejándome sin aire. Si hubiese dado un par de centímetros más a la derecha, quizás el arma que encontré se hubiera descubierto.
Recordé el arma. Necesitaba una distracción lo suficientemente larga como para…
—Escapar. Seguramente sea la palabra que no vas a aprender este día, Stavros. No estaba convencido de esto, no quería que todo terminara así, pero para el doctor y para mi es perjudicial tenerte entre los vivos. ¡Es increíble cómo el conocimiento puede convertirte en alguien peligroso! No podemos dejar un cabo suelto como tú dando vueltas por ahí.
Mientras recuperaba el aire que el golpe me había sacado intentaba conectar las piezas el macabro rompecabezas que había frente a mí.
—No entiendo —murmuré.
—¿Eres lento, chico? —gritó Zardhan desde la otra punta del laboratorio. Se incorporó, tomó algo de aire y me miró como fulminándome con un rayo— ¡Estás ante el arma más mortífera jamás creada! Capaz de rastrear a cualquier persona y no ser rastreada. Es perfecta.
—Entonces esas muertes…
—Es sólo el comienzo —retomó Kan—. Los candidatos no necesitamos que se nos haga mala prensa y mucho menos, tener competencia. Tampoco necesitamos a cualquiera husmeando por ahí.
Sentí nuevamente el frío cañón del arma, esta vez en mi frente.
—Nos vemos en la isla, Janus.
abril 24, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - Crucis fictionis (#3)

El clamor de los hombres lo despertó repentinamente, justo cuando estaba cayendo en ese sueño eterno que venía saboreando hacía noches. El sol era fuerte, le daba justo en la cara y le había quebrado los labios, sumado a la falta de hidratación de varios días. Saulo miró directamente al sol, esa bola incandescente que muchas culturas simbolizaban como la representación de dios, ahora no era más que la personificación misma de la muerte, la desesperación y el hecho de querer esfumarse de la faz de la tierra. A lo lejos, apenas audible, sonaba una extraña música, como el susurro de una fiesta fúnebre. Como si la muerte estuviera tocando un laúd.

Saulo de Tarso miró a su alrededor y no pudo dar crédito a lo que veía, las cruces clavadas al costado del camino que los romanos usaban hacia Jerusalén todavía mantenían vivos a diez de esos veinticinco desdichados que compartían su suerte, todos maldecían, todos insultaban, incluso los muertos habían dejado la maldición en la mueca de sus ya fríos labios. Y él, contemplando la vista del camino regado de sangre, solamente tenía una palabra en su boca: Cristo. Y el odio lo mantuvo con vida un par de horas más, hasta que murió ignorando que los libros dirían que él hizo más por ese nuevo dios de lo que realmente hizo.
abril 21, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXIX: … lugar equivocado.

Los recuerdos juegan de manera cruel con la memoria en muchas ocasiones, pero no erro al decir que nos habíamos alejado bastante de la ciudad e incluso de los suburbios, empezábamos a internarnos en las sierras que más adelante se convierten en montañas. No sé por qué me vino a la cabeza que conocía ese camino. Transitamos kilómetros de descampado, mientras la vegetación autóctona nos regalaba unos extraños aromas dulces y ásperos, pero el doctor Zardhan solamente levantaba la nariz para poder orientarse hacia donde nos estábamos dirigiendo. Algunas nubes salpicaban la perfección del cielo celeste, el sol daba la suficiente luz como para que se notaran a lo lejos las agiles patas de los pequeños animalejos que corrían huyendo de los ruidos de los motores. La carretera estaba casi vacía, éramos solamente nosotros huyendo hacia el poniente, dejando atrás todo rastro de civilización.
En mi bolsillo el arma de Limbert parecía acomodarse en una larga siesta que me ponía nervioso. ¿Llegaría a usarla? A ella mucho no le había servido, pues estaba profundamente dormida en la parte trasera del automóvil. Debería haberme quedado con Rebecca, quizás aceptar un poco de cariño y de sexo reconciliatorio me salvaban la vida. Pero aun a sabiendas de estar en medio de un posible peligro, el periodista de pura cepa se mantiene firme, coquetea con el peligro, incluso se aventura a cortejarlo, a meterlo en la cama con él.
—¿Adónde vamos?
—Sé cómo manejar este problema, no puedo dejar que nadie más muera y tampoco me permitiré dejar morir a Ada —suspiró el doctor.
—Creo que llegó muy lejos con esto, doctor. Este experimento suyo le va a costar su carrera y espero que no pero… si vida puede irse con ello.
Zardhan me miró con los ojos muertos un par de segundos y volvió la vista a la carretera.
—Ellos han acabado con su carrera y usted sigue aquí, señor Stavros. Firme. Usted es un hombre que no se rinde con facilidad, quizás yo esté esperando lo mismo que usted. Una segunda oportunidad.
—No estoy esperando una segunda oportunidad, doctor: estoy intentando crearla. Yo no espero nada de nadie, porque cuando lo esperé nadie estuvo allí.
El silencio que continuó solamente fue eclipsado por el ruido del motor. A esa altura, entre medio de las montañas, los teléfonos celulares habían perdido toda señal. Ahora todo empezaba a ponerse más misterioso, sobre todo cuando se desvió de la carretera principal y tomó un camino de tierra bordeando una gran sierra verduzca.
—Solamente hippos podrá revertir el daño que este potencial está causando.
Ada seguía dormida, posiblemente no despertara en un buen rato y no parecía haber nadie más que el doctor y yo en cientos de kilómetros. Detrás de una lomada, de golpe, se pudo divisar una construcción del tipo industrial con grandes chimeneas que no despedían humo. Parecía abandonado. El parque estaba cercado por grandes alambrados cortantes y, al parecer, electrificados. En la garita de seguridad, un hombre de abundante barba y vestido como pordiosero dejó pasar al doctor con solamente mirarle la cara; cuando me miró a mí, se sonrió.

—¿Qué es todo esto?
—Aislamiento, Janus.
El doctor Zardhan parecía haber abandonado la cortesía y me trataba como si fuese su par. O peor. Se dirigió hasta un galpón de unos cien metros de largo, cerrado herméticamente y estacionó. Se desabrochó el cinturón y suspiró como decidido a cualquier cosa.
—No creo que sea una buena idea que baje con usted.
—Debo insistir, Janus. Eres una parte esencial en todo este embrollo que armamos.
—¿Armamos? —puse mi cara frente a la suya, tan cerca que casi pude olfatear lo que había desayunado— Usted acaba de secuestrar a esa mujer y está llevándola a quién sabe dónde bajo el pretexto de “ponerla en aislamiento”, solamente para que no siga matando personas inocentes. Esto comenzó como una simple entrevista, usted el doctor y yo el periodista, usted con un pasado oscuro y yo… con un pasado. ¿Y ahora resulta que este lío lo armamos nosotros? No, doctor. Le agradezco la visita a la tierra de los picacocos, pero hasta aquí llegó este tour.
El doctor me regaló una tierna sonrisa y abrió la puerta del auto. Antes de salir agregó:
—Creo que debo insistir, Janus.
Cuando abandonó el auto, la puerta del lado del acompañante se abrió bruscamente y sentí el frío de un cañón en mi nuca, seguido del clic del arma a punto de dispararse. Zardhan abrió la puerta trasera y me miró sonriendo, él no me estaba apuntando.
—Sé un profesional y baja ya, por favor.
Con la mayor calma del mundo me incliné hacia atrás y me levanté del asiento, mientras el arma seguía pegada a mi cuero cabelludo, sentí que sudaba tan frío que podía ser hielo. Cuando hube abandonado el vehículo, de espaldas a mi agresor, dejé de sentir el cañón en mi cabeza aunque el miedo no me dejaba de vapulear.
—Eres inteligente —dijo la voz a mis espaldas—. Lástima que no eres lo suficiente.
La voz de Kan unido al arma que amenazaba mi vida revelaba en gran parte que estaba muy equivocado en cuanto a lo que sucedía ahí. Por primera vez tuve la certeza de ser el hombre indicado en el lugar equivocado.
abril 17, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - Amor socrático (#2)

Hablemos de amor.
Y si no fuese amor, ¿Qué hubiera sido?
Ella... Si no hubiera sido amor sería algún tipo de compulsión.
Supongamos que tuvieras que definirlo de otra manera.
Entonces lo llamaría obsesión.
Y entre un amor y una obsesión la línea que los divide es tan delgada que no se suele advertir las consecuencias.
—Entonces amé obsesivamente —respondió el loco, solo en su celda.
abril 15, 2015 - , , 0 comentarios

50 Sobras - "Nosophoros*" (#1)

Ese día fue memorable y triste al mismo tiempo, porque de aquel lado del espejo muchos se habían reportado enfermos a sus trabajos; y de éste, sus contrarios, egocéntricos, se habían creído inmortales.

*portador de enfermedad.
abril 13, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVIII: hombre indicado…

Los sonidos de la autovía y los movimientos bruscos del automóvil del doctor volvieron a traerme a la realidad poco a poco. La luz, sin embargo, no pareció recibirme del todo bien ya que me cegó por unos segundos. Todavía me resonaba la advertencia de Limbert en la cabeza, ¿había mucho más que desconociera? Sus palabras no habían sido el aliento que necesitaba para seguir adelante, pero quizás debí mencionarle que iba camino a su casa en el auto de quien ella describió como un “monstruo”.
—Pequeña siesta, ¿eh? —rió Zardhan— Acá seguimos en camino. Igual tomo la siguiente salida, viramos a la izquierda y estaremos a unas calles del edificio de Limbert. Espero que no sea muy tarde.
—Qué vuelco que ha dado esta historia de anonimatos, ¿no?
El psiquiatra me miró de reojo pero no hizo ninguna mueca a mi comentario. A esa altura, seguir manteniendo un manto de silencio en todo el asunto me empezaba a sonar tan mal como el “corre” que me recomendaba Ada. Era desalentador tener que pensar que era el hombre equivocado en el lugar equivocado, pero mucho más desalentador era sentir que no sólo una sino varias presencias oscuras ahora viajaban con nosotros.
—Tenemos que aislar a Ada.
—¿Tenemos? —ahora resultaba ser cómplice de sus experimentos— Le recuerdo que estoy aquí a pedido suyo, porque quiere que se documente esta historia sobre el potencial psíquico de la señorita X que mató a dos personas y dejó sin electricidad a una ciudad entera.
—Usted haría cualquier cosa por esta historia —sentenció fulminándome con la mirada, después tomó la salida que nos alejaba de la autovía—. No crea que no leí nada suyo, señor Stavros. Es un buen periodista, tan bueno que necesita esta historia para volver a la primera plana. El Pasquín no sería nada sin usted, ¿no es cierto?
—No he venido a discutir mi carrera con usted, doctor.
—Yo tampoco tengo que discutir la mía con usted y, sin embargo, aquí estamos.
Viró a la izquierda y nos internamos en un vecindario de casas bajitas, pero a lo lejos se divisaba el comienzo de complejos de edificios no muy lujosos, y mucho más allá comenzaban los barrios residenciales, las torres de lujo y los rascacielos que formaban una muralla en los discretos ojos de Cristófobos.
—Es unas calles más adelante —dijo mirando la numeración escrita en el borde de la acera—. En cuanto nos aseguremos que ella está bien, usted será libre de publicar la historia, dentro de las condiciones acordadas, obviamente.
—Habló de aislar a Ada, ¿de qué manera…?
—No voy a discutir más los procedimientos de mi tratamiento con usted, simplemente para caer en sus constantes juicios de valor. La paciente Limbert es una amenaza potencial para ella misma y para las personas que se encuentran con ella, porque en el estado endeble de su mente tanto usted como yo podemos ser objetivos sin saberlo.
“Objetivos”, no sé por qué esa palabra quedó flotando en mi cabeza unos cuantos minutos después de eso.
—Ada es inofensiva estando consciente —continuó—, pero no sabemos a qué nos estamos enfrentando cuando duerme, se desmaya o simplemente se relaja. Aislarla va a ser lo más prudente hasta que decida qué hacer con ella. Aquí estamos.
El edificio donde vivía la señorita Limbert estaba rodeado por un parque perimetral con una garita de seguridad en la entrada del estacionamiento subterráneo. Allí Zardhan pidió ingresar para ver a su paciente que se encontraba en el piso 6, seguramente en estado inconsciente. Mostramos nuestras identificaciones y el hombre de seguridad nos escoltó en el ascensor hasta la puerta del apartamento. Después de llamar incesantemente a la puerta, tomó la llave maestra y la forzó. Ada se encontraba en el suelo, de la misma manera en la que la encontré en el astral, sus ojos estaban perfectamente cerrados y su respiración era lenta y constante.
—Está bien —dijo Zardhan después de tomarle el pulso—, pero debemos llevarla a un hospital.
El guardia sacó su comunicador para llamar a una Unidad de traslado, pero el doctor dijo que la llevaría él en su auto, así llegarían más rápido. El guardia no pareció muy contento y yo mucho menos, pero terminó cediendo ante la idea porque, a fin de cuentas, no existían muchas posibilidades que su médico sea un secuestrador.
Zardhan me pidió que lo ayudara a levantar el cuerpo de aquella chica que estaba aferrado a una pequeña cartera. Dejé el cuerpo por un segundo y llevé su bolso hasta el dormitorio, a unos metros de ahí, no sin antes fijarme por qué estaba tan pesado. Cuando lo abrí me sorprendí al encontrar una pequeña pistola que ella guardaba ahí. Ahora la cosa iba más en serio que nunca, lo suficiente como para pensar que ella no se estaba defendiendo únicamente de sus recuerdos. Tomé el arma y con cuidado le puse el seguro y la escondí entre mis ropas, volviendo rápidamente a la sala.
Cargamos con el cuerpo de Limbert hasta dejarlo en la parte trasera del auto y subimos, dejando atrás el edificio. Mientras miraba por el espejo retrovisor a Ada perdida en un sueño profundo, le pregunté a Zardhan qué iba a hacer con ella.
—La llevaremos al lugar del asilamiento.
abril 12, 2015 - 2 comentarios

Efemérides

Un día como hoy, pero hace dos años, comenzaba un viaje, un camino que quizás me deparaba un gran triunfo o el más estruendoso de los fracasos. Pero, a pesar del riesgo que siempre implica invertir en algo, decidí abrir este espacio al que denominé "Sobras Cumbres", un blog donde no se expone el ego ni las excepcionales dotes de un escritor, sino un lugar donde se puede ser libre,  leer aquello que elija y no lo que se publica día por medio; es el lugar donde quienes lo deseen pueden dar a conocer también sus escritos o su forma de hacer literatura.

Es por eso que en esta jornada tan especial, los sigo invitando a que recorran estas sobras mías y las grandes obras de los que hacen día a día la literatura en todos sus aspectos. Hoy es un día muy especial para mí, para mi "Yo escritor" y para mi corazón, puesto que esta fecha también, además de encontrar mi pasión en este blog, encontré al amor de mi vida y sin ella nada de esto seguiría en pie, quizás. Por eso un doble brindis, ¡por la pasión y aquello que apasiona!

Muchas gracias por ser parte de "Sobras Cumbres" y por darle una oportunidad a este espacio.
abril 06, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVII: regreso al astral.

Mi espacio en el astral se había vuelto un bosque de árboles muertos. Lo que alguna vez había sido florido y lleno de vida, ahora se descascaraba y se pudría como lo hacía mi alma en el mundo de los invidentes. Mi mundo astral había sido construido con una dedicación y un esmero que no se encontraban presentes en ese momento, parecía el asqueroso pantano de un ogro. Y el temor de encontrarme con Astrid me picó como un mosquito en la conciencia.
Seguramente allá afuera el doctor Zardhan esquivaba autos estacionados en su afán por alcanzar a la pobre Ada Limbert que se encontraba en su apartamento, boca abajo e inconsciente. Cuando ingresé a la casa en medio del bosque, a ese desastre de papeles tirados en el suelo y paredes quemadas, encontré a una mujer tendida en el suelo, en posición fetal, llorando frenéticamente. Me acerqué a darle consuelo sin imaginar quién era en realidad, podía ser incluso mi peor pesadilla. Era Ada en un estado de shock emocional tan grande que no podía más que repetirse: “están muertos”.
—¿Ada? ¿Ada Limbert? —me cercioré.
La chica de ojos grises me miró como si fuese una especie de salvador. Me tomó de los brazos y me abrazó con una fuerza tal que hasta mi cuerpo físico pareció estremecerse.
—Están muertos. Los maté.
—¿De qué estás hablando?
—Samuel, J… Creo que es el principio nada más. Yo no los quería, los detestaba, hicieron miserable parte de mi vida pero… ¿verlos muertos? No, no es eso lo que quería. No es la cura que necesitaba, no —sacudía su cabeza—. Es que ese doctor fue tan convincente, con esa máquina.
—Zardhan, él está buscándote.
Su tez trigueña empalideció de golpe, sus pupilas se dilataron y podría jurar que sudó en frío mientras quedaba enmudecida y boquiabierta unos segundos. Mirándome a los ojos notó que no le estaba mintiendo.
—¿Para qué quiere ese monstruo encontrarme? ¿No fue suficiente todo lo que hizo conmigo? Ha despedazado una parte de mi memoria en pos de su afán científico, liberó algo escondido dentro de mí que por alguna buena razón estaba durmiendo. No, señor… Si usted ha venido a llevarme con él, me niego a ir. Él y su maldita máquina se pueden ir a la…
—Ada. Puedo llamarte Ada, ¿verdad? No dispongo de mucho tiempo, no estoy tratando de convencerte de nada, todo este asunto de la memoria, los muertos, el apagón… es nuevo para mí. Simplemente estoy viendo si te encuentras bien, Zardhan no sabe todavía que estoy acá, pero si no vuelvo en cualquier momento se va a dar cuenta por… las fuerzas oscuras que trabajan con él. Así que unas palabras más podemos hablar.
—Temo que hay mucho de todo este asunto que no lo sabe, señor…
—Stavros.
—Señor Stavros, cuando vea la oportunidad, corra. Sin importar lo que pase a sus espaldas, usted corra como nunca lo hizo en su vida. No mire atrás, porque será su fin.
marzo 31, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVI: cuento de Ada.

Pasamos diez minutos mirando el suelo alfombrado del despacho de Zardhan, mientras el doctor intentaba comunicarse con su paciente quien, aparentemente, se había encargado de mandar al otro mundo a una de las figuras más influyentes de la política en Cristófobos. Kan no iba a estar para nada contento. Entonces me acordé del pobre diablo que iba conmigo al colegio y había conseguido el puesto de Ministro, pero también tuve la sensación que me iba a costar comunicarme con él porque el Ministerio debería estar patas arriba con todo el asunto del asesinato.
Una mujer con ese potencial psíquico… Zardhan estaba mintiéndome como a un chico al decirme que quería ayudarle con su problema, yo por momentos le creía y por momentos no. Era difícil… Pensar que alguien como ella podía tener el mismo potencial que Astrid me ponía los pelos de punta, significaba que Astrid, desde el lugar donde estuviera, podía matarme sin siquiera obedecer a las leyes físicas o divinas. No podía seguir aferrándome a ese pasado, en el presente tenía una oportunidad que no debía desperdiciar y era el momento de actuar.
—Tenemos que ir a buscarla.
—¿Tenemos? —el hombre pareció sorprendido ante la iniciativa— Disculpe, pero este lío es mi culpa y yo…
—Me prometió una historia, señor Zardhan. Y por lo que estoy viendo, creo que lo del anonimato está a punto de terminarse.
—No —suplicó—, por favor tenemos que mantener su identidad en secreto. Vamos a ir a su casa, seguramente esté allí, no hace ni dos horas que se fue… Esto es muy raro. A menos que…
Lo miré fijamente, no iba a moverme de ahí sin una respuesta, aunque fuera ilógica.
—A menos que su potencial haya llegado a la “colmena”. La colmena es aquello que muchos llaman…
—Conciencia colectiva. Conozco el concepto.
—Bueno, entonces entenderá lo que estoy tratando de hipotetizar… Creo que Ada dejó sus recuerdos “sueltos” en algún lugar de esa colmena y simplemente salieron a hacer destrozos. Si no sabemos quiénes más estaban en esos cuadros, es como esperar que las fichas caigan solas sin poder hacer nada.
—Hay que buscarla y después, ¿qué?
—Tenemos que meterla en hippos, que enfrente sus recuerdos para que no vuelvan a ser una amenaza para ella ni para los pobres infelices que podría cargarse en un futuro. Ada vive en los suburbios, a unos minutos de aquí, posiblemente este suceso le haya hecho algún daño temporal en su lóbulo frontal y esté dormida o muy cansada. Le recomendé que si se sentía mal que se quedara en casa, cerca del teléfono, pero después de tanto llamarla calculo que se habrá dormido. Vamos.
Salimos a toda máquina del despacho de Zardhan y subimos al coche negro último modelo que tenía aparcado en el espacio número 23. Arrancó y puso rumbo hacia el poniente, dejando atrás su despacho. La ciudad parecía más tranquila que de costumbre, nadie sospechaba que el infame sucesor del terror hacia experimentos sobre la psique de personas inocentes con gran potencial psíquico. Nadie nunca iba a entender era parte del alma de los seres humanos, muy pocos estaban capacitados para ver más allá de lo que sus ojos mostraban. Lo entendía cada día mejor y me desanimaba mucho más. A veces me sentía viviendo en un mundo que no comprendía, como si fuera el chivo expiatorio perfecto.
—Espero que todo esto no lo incomode, Stavros. Ha caído en el lugar y en el momento menos indicado…
—Estoy acostumbrado, doctor. Es la historia de mi vida. Por suerte sé de algunas de estas cuestiones, la señorita Lambert necesitará una buena explicación de lo que está pasando y creo que “estás matando a tus ex novios de manera inconsciente” puede ser algo shockeante, ¿no le parece?
—Sí, no estoy pensando claramente. Hay que decirle la verdad, posiblemente ese shock sea lo que pueda hacer parar esta locura. No sé. Nunca pensé que llegaría tan lejos, allá están los medios, mire —me señaló a unas calles de ahí una horda de periodistas con sus cámaras atosigando a los detectives mientras unos blancos mantenían el orden—. Esto está mal, esto está mal. Encima el tráfico.
Golpeó el volante. En ese momento hubiera deseado estar manejando mi kooba, tranquilo, escuchando música, pero recordé que estaba en posesión de mi ex mujer y, solamente por un momento, deseé entrar en mi propia Galleria. El tráfico en la autovía 17 era insoportablemente tedioso, ya nos habíamos alejado de los anillos concéntricos cercanos a la casa del viejo Jilly, donde comenzó todo, con ese cuasi androide superviviente del asedio de Tetlán. No recordaba mucho particularmente del asedio, quizás lo hayamos visto en la escuela durante los últimos años, pero era más una crónica que parte de la historia del país. Muy pocos habían sobrevivido a Tetlán y el viejo probablemente haya sido uno de los que mejor quedó anatómicamente hablando…
—Hay que estarse tranquilos, doctor —dije recostándome en el asiento de copiloto—. No queremos matarnos nosotros tampoco o le echaríamos la culpa a Limbert. Si toma la segunda salida y después vira a la derecha nos ahorraremos veinte minutos de viaje. Preferiría dormir algo ahora, si no le molesta.
—No, para nada —me miró de reojo—, ¿está seguro que podrá dormir en medio de este lío?
—Solamente necesito descansar la vista.

Cerré los ojos y aislé los ruidos de los autos que tenía a mi alrededor, acallé la respiración del doctor y me alejé mentalmente de la presencia nefasta del espectro que iba con el conductor a todos lados. Me metí dentro de mí mismo hasta el punto de sentir que me había caído del asiento del auto, me envolví en una burbuja de aspecto violáceo transparente y me dispuse a visitar aquella parte que estaba reservada solamente para un caso extremo. El astral.
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