marzo 31, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXVI: cuento de Ada.

Pasamos diez minutos mirando el suelo alfombrado del despacho de Zardhan, mientras el doctor intentaba comunicarse con su paciente quien, aparentemente, se había encargado de mandar al otro mundo a una de las figuras más influyentes de la política en Cristófobos. Kan no iba a estar para nada contento. Entonces me acordé del pobre diablo que iba conmigo al colegio y había conseguido el puesto de Ministro, pero también tuve la sensación que me iba a costar comunicarme con él porque el Ministerio debería estar patas arriba con todo el asunto del asesinato.
Una mujer con ese potencial psíquico… Zardhan estaba mintiéndome como a un chico al decirme que quería ayudarle con su problema, yo por momentos le creía y por momentos no. Era difícil… Pensar que alguien como ella podía tener el mismo potencial que Astrid me ponía los pelos de punta, significaba que Astrid, desde el lugar donde estuviera, podía matarme sin siquiera obedecer a las leyes físicas o divinas. No podía seguir aferrándome a ese pasado, en el presente tenía una oportunidad que no debía desperdiciar y era el momento de actuar.
—Tenemos que ir a buscarla.
—¿Tenemos? —el hombre pareció sorprendido ante la iniciativa— Disculpe, pero este lío es mi culpa y yo…
—Me prometió una historia, señor Zardhan. Y por lo que estoy viendo, creo que lo del anonimato está a punto de terminarse.
—No —suplicó—, por favor tenemos que mantener su identidad en secreto. Vamos a ir a su casa, seguramente esté allí, no hace ni dos horas que se fue… Esto es muy raro. A menos que…
Lo miré fijamente, no iba a moverme de ahí sin una respuesta, aunque fuera ilógica.
—A menos que su potencial haya llegado a la “colmena”. La colmena es aquello que muchos llaman…
—Conciencia colectiva. Conozco el concepto.
—Bueno, entonces entenderá lo que estoy tratando de hipotetizar… Creo que Ada dejó sus recuerdos “sueltos” en algún lugar de esa colmena y simplemente salieron a hacer destrozos. Si no sabemos quiénes más estaban en esos cuadros, es como esperar que las fichas caigan solas sin poder hacer nada.
—Hay que buscarla y después, ¿qué?
—Tenemos que meterla en hippos, que enfrente sus recuerdos para que no vuelvan a ser una amenaza para ella ni para los pobres infelices que podría cargarse en un futuro. Ada vive en los suburbios, a unos minutos de aquí, posiblemente este suceso le haya hecho algún daño temporal en su lóbulo frontal y esté dormida o muy cansada. Le recomendé que si se sentía mal que se quedara en casa, cerca del teléfono, pero después de tanto llamarla calculo que se habrá dormido. Vamos.
Salimos a toda máquina del despacho de Zardhan y subimos al coche negro último modelo que tenía aparcado en el espacio número 23. Arrancó y puso rumbo hacia el poniente, dejando atrás su despacho. La ciudad parecía más tranquila que de costumbre, nadie sospechaba que el infame sucesor del terror hacia experimentos sobre la psique de personas inocentes con gran potencial psíquico. Nadie nunca iba a entender era parte del alma de los seres humanos, muy pocos estaban capacitados para ver más allá de lo que sus ojos mostraban. Lo entendía cada día mejor y me desanimaba mucho más. A veces me sentía viviendo en un mundo que no comprendía, como si fuera el chivo expiatorio perfecto.
—Espero que todo esto no lo incomode, Stavros. Ha caído en el lugar y en el momento menos indicado…
—Estoy acostumbrado, doctor. Es la historia de mi vida. Por suerte sé de algunas de estas cuestiones, la señorita Lambert necesitará una buena explicación de lo que está pasando y creo que “estás matando a tus ex novios de manera inconsciente” puede ser algo shockeante, ¿no le parece?
—Sí, no estoy pensando claramente. Hay que decirle la verdad, posiblemente ese shock sea lo que pueda hacer parar esta locura. No sé. Nunca pensé que llegaría tan lejos, allá están los medios, mire —me señaló a unas calles de ahí una horda de periodistas con sus cámaras atosigando a los detectives mientras unos blancos mantenían el orden—. Esto está mal, esto está mal. Encima el tráfico.
Golpeó el volante. En ese momento hubiera deseado estar manejando mi kooba, tranquilo, escuchando música, pero recordé que estaba en posesión de mi ex mujer y, solamente por un momento, deseé entrar en mi propia Galleria. El tráfico en la autovía 17 era insoportablemente tedioso, ya nos habíamos alejado de los anillos concéntricos cercanos a la casa del viejo Jilly, donde comenzó todo, con ese cuasi androide superviviente del asedio de Tetlán. No recordaba mucho particularmente del asedio, quizás lo hayamos visto en la escuela durante los últimos años, pero era más una crónica que parte de la historia del país. Muy pocos habían sobrevivido a Tetlán y el viejo probablemente haya sido uno de los que mejor quedó anatómicamente hablando…
—Hay que estarse tranquilos, doctor —dije recostándome en el asiento de copiloto—. No queremos matarnos nosotros tampoco o le echaríamos la culpa a Limbert. Si toma la segunda salida y después vira a la derecha nos ahorraremos veinte minutos de viaje. Preferiría dormir algo ahora, si no le molesta.
—No, para nada —me miró de reojo—, ¿está seguro que podrá dormir en medio de este lío?
—Solamente necesito descansar la vista.

Cerré los ojos y aislé los ruidos de los autos que tenía a mi alrededor, acallé la respiración del doctor y me alejé mentalmente de la presencia nefasta del espectro que iba con el conductor a todos lados. Me metí dentro de mí mismo hasta el punto de sentir que me había caído del asiento del auto, me envolví en una burbuja de aspecto violáceo transparente y me dispuse a visitar aquella parte que estaba reservada solamente para un caso extremo. El astral.
marzo 30, 2015 - , , 0 comentarios

"El eclipse", de Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén. 

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
marzo 29, 2015 - , 0 comentarios

"Perfume de alcantarilla", Anónimo (Árabe)

Tajar era alcantarillero y, dada su profesión, pasaba gran parte de su tiempo en medio de olores de excrementos y putrefacción. Sin embargo, se había acostumbrado y tales hedores le resultaban familiares y en absoluto desagradables. Formaban parte de su trabajo diario.

Sin embargo, un buen día, abrieron una nueva perfumería en su barrio, y al pasar por delante del establecimiento, Tajar sintió curiosidad al oler unos aromas tan distintos a los que habitualmente percibía. Una vez dentro, asombrado ante todas las desconocidas fragancias, aspiró profundamente para captarlas mejor, pero en ese momento su cuerpo se puso rígido y Tajar perdió el conocimiento por completo, cayendo al suelo desmayado.

Los comerciantes de la perfumería avisaron a los vecinos y muy pronto se presentó en la tienda el hermano de Tajar, provisto, para la sorpresa de todos, de una cajita con excrementos. Una vez ante Tajar abrió la caja y se la acercó a la nariz. Unos segundos después, Tajar se despertó admirado de encontrarse en el suelo y rodeado de sus compungidos vecinos y familiares.
marzo 28, 2015 - , , , 2 comentarios

"Celebración de la fantasía", por Eduardo Galeano

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo

-¿Y anda bien? -le pregunté.

-Atrasa un poco -reconoció.
marzo 27, 2015 - , 0 comentarios

"El niño 5 mil millones", de Mario Benedetti

En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países escogieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.

Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron la tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño número 4.999 999 999.


El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exhausta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o de creer.

Una semana después, el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.
marzo 23, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXV: desatando el infierno.

—Ella lee en idiomas que no existen en este plano —siguió Zardhan, control remoto en una mano y vaso de bebida blanca en la otra— y, evidentemente, su inconsciente ha logrado trascender al plano físico, asesinando a una persona muy allegada a ella. Es un hecho aislado, señor Stavros. Puede decir que el apagón sí fue responsabilidad de ella, pero el asesinato podría hacerse pasar por algo más. No sabemos cuáles son los resultados de la autopsia y, si se encontrase algo, sería una aberración científica el especular con eso, ¿no le parece? Es daño colateral.
—Le recuerdo que un ciudadano reconocido fue encontrado asesinado, creo que no es algo “aislado” —agregué indignado.
—Es algo controlado, quise decir. El potencial de Ada es la llave que nos abre la puerta a un nuevo universo de posibilidades científicas, la noética resurgirá desde sus cenizas y gracias a ella, la ciencia en general. El nivel de vida, la fuente de la juventud. Imagine que todos esos cuentos que le contaban de niño se hicieran realidad.

Lo escruté detenidamente con la mirada. Zardhan parecía entusiasmado y la sombra detrás suyo volvía a danzar, ahora de manera frenética, como si su movimiento activara los engranajes dentro de la cabeza del viejo doctor.
—Hay cosas que la gente no está preparada para entender, eso debe saberlo usted mejor que nadie. Ni siquiera Ada debe estar preparada para entender qué hay de malo en ella.
—¿Malo? —sonrió— Muchas cosas al principio parecen nocivas, pero las padecemos para nuestro propio bien, para ser más fuertes. Para sobrevivir.
—Me decepciona su falta de ética, doctor Zardhan. Hasta ahora lo venía mirando como un hombre con visión, con la moral un poco baja… pero, ¿esto? Sinceramente su falta de ética profesional me sorprende, no así su pasado.
—¿Mi pasado? —el doctor abandonó su asiento y me señaló con el vaso, su voz se volvió aguarrentosa y su porte pareció hacerse enorme— ¿Usted husmea sobre mi pasado, sobre donde yo dejé mi huella y se sorprende de mi “ética profesional”? Déjeme hacerle una concesión, señor periodista: por algo se llama noética. Sin ética.
—Creo que está tergiversando las palabras, doctor —dije adoptando un tono más calmado—. Perdone mi juicio sobre sus asuntos, al fin y al cabo son sus prácticas, no las mías y mi visión pseudocientífica no cabe en esta conversación. Sepa disculparme.
Zardhan volvió a su escritorio y me miró a los ojos como buscando algo dentro mío.
—Después de esa sesión no pude volver a hacerla entrar en la máquina, no después del gran apagón y la muerte de Reiht. Ella lo recuerda. Pero antes del apagón hubieron cinco minutos en los que la computadora no grabó nada y ella siguió dentro de la máquina, temí que se haya hecho algún daño irreparable a su memoria. En sesiones posteriores, hasta el día de hoy, no parece haber indicios de fallos en su memoria incluso…
El teléfono celular del doctor sonó primero y luego el mío. Cortamos los dos la llamada, pero ambas fueron insistentes. Decidimos atender, él por su lado y yo por el mío.
—Stavros —mi jefe—. ¿Dónde te has metido? Acaban de encontrar otro cadáver, el mismo procedimiento que Reiht, salvo que en este caso no es un don nadie al que nadie llorará. El muerto se llama J. I. Foreman, el prestigioso abogado defensor y candidato a la alcaldía de Cristófobos. Esto es grande, Stavros, puede que necesitemos a toda nuestra gente en ello.
—Veré qué puedo hacer —corté.
Cuando me volví encontré al doctor Zardhan pálido aferrado a su teléfono celular, asentía con la cabeza y daba respuestas monosilábicas. Después de unos segundos cortó, parecía tener el miedo impreso en la cara.
—Esto es malo —soltó al fin, después de unos segundos cabizbajo— Espero no haber desatado el infierno.
—¿Qué?
—Es Ada… está fuera de control. Yo pensaba que sería fuerte, que podría soportar un bloqueo mental, creé esa barrera para que solamente yo pudiera franquearla pero…
—¿Barrera? ¿Hizo una barrera mental en los recuerdos recién descubiertos de Ada para qué? ¿Para explorarlos solamente usted?
—¡Sí! Pensé que sería una buena idea, lo más práctico y lo menos dañino para ella. Pero… Creo que cometí un error.
—Por favor —imploré tratando de no prever lo que venía—, dígame que no había más cuadros en esa sala donde estaba Reiht.
El doctor Zardhan me miró, con un brillo en sus ojos que rozaba lo sombrío y expectante. Trataba de medir sus palabras en medio de un tartamudeo poco natural y con mucho de nerviosismo. Dio unos golpecitos con el dedo índice al vaso de vidrio y lo dijo de la manera más pausada como le fue posible.
—Un tal Foreman. Creo que ahora está en un cargo político… Tengo la fuerte sospecha que Ada mató a su ex novio de la secundaria.
marzo 16, 2015 - , , 3 comentarios

Capítulo XXIV: damnatio memoriae.

Como si se tratara de una simulación en realidad virtual o de un juego de ordenador, las imágenes que se proyectaban en la pantalla mostraban a una persona desde su propia óptica, una mujer que se miraba las manos blancas como la luna. Se escuchaba su respiración lenta y pausada, estaba relajada y caminaba sobre un suelo dibujado con baldosas negras y blancas. Parecía un tablero de ajedrez, pero en realidad se trataba del vestíbulo de un lugar amplio donde se empezaban a vislumbrar delante distintos tipos de galerías. Los pasos con los que se acercaba a la primera sala eran tenues, parecía llevar zapatos de taco alto y el eco podía ser desesperante e intimidante al mismo tiempo.
Vi que la entrada de la primera sala llevaba un cartel. Una serie de símbolos desconocidos parecían describir lo que enfrentaría Ada al cruzar el umbral.
—Ada tradujo “juventud”, pero nunca se detuvo a explicarme a qué idioma pertenece. Si es que existe —agregó Zardhan imaginando mis preguntas.

La mujer caminó hacia el interior del cuarto y se encontró con varias pinturas de distintos estilos, realistas, surrealistas, impresionistas… Todas esas pinturas llevaban un título al pie y todas, como si se tratara de una película de ciencia ficción, estaban en movimiento.
—La mente de Ada comprimió los recuerdos dolorosos en distintos tipos de expresiones, algunas parecían fantasiosas, otras realistas… ese fue el concepto que su mente tuvo en cuenta a la hora de clasificar los recuerdos. Pero, al parecer, quedaron en movimiento, escapando de su pintura de vez en cuando.
—¿Está tratando de decirme que los recuerdos que se le escapan a Limbert están almacenados en su memoria en una especie de salón de cuadros? —solté indignado.
—Vea usted.
La mujer se acercaba a una pintura llamada “la niña humillada” y se veía una sección de su infancia donde sufría el abuso por parte de sus compañeros en el ciclo básico escolar. Un empujón sobre el barro que durante toda su vida había intentado reprimir.
—Esto es…
—Continúe mirando, señor Stavros. Ni siquiera es el principio.
A medida que iban siendo vistos, los cuadros demostraban la crueldad sufrida a lo largo de un corto período de tiempo en la vida de Limbert. El suicidio de su padre por la persecución de sus acreedores, el alcoholismo de su madre y las tortuosas relaciones con tres diferentes padrastros, los rechazos académicos y los primero años de su endeble carrera como escritora volvían a su “juventud” en una de las salas más oscuras que haya visitado en toda mi vida. Incluso cuando haya recordado visitar una muestra de arte dos o tres veces solamente. Lo descarnado de los hechos y las imágenes solamente se podían encrudecer con los trazos con los que se decoraba cada pintura, captando dimensiones y sensaciones que incluso las estructuras visuales mismas no podrían transmitir. Era un brutal juego de figuras que aprisionaban el pecho del más audaz observador.
—Esto es terrible, doctor. ¿Acaso esto fue lo que esa mujer vivió mientras dormía sobre esa máquina?
—La hippos. Sí. La única manera de poder descubrir su enfermedad era enfrentando esos recuerdos que estaban dispuestos a rebelarse en momentos inesperados y de manera subversiva, es muy posible que cada vez que enfrentara esos cuadros, los recuerdos se reconocieran como ciertos y se adhirieran a la memoria consciente, dejando de ser una amenaza. Pero entonces, Ada cruzó el umbral de una sala contigua mucho más fuerte, más dura…
Zardhan me señaló la secuencia en la que ingresaba a una sala de color rojo con extraños estampados negros, donde el juego de luces parecía demostrar que las paredes sangraban.
—Su corazón —suspiré.
Un mural en la pared opuesta desdibujaba la figura de un hombre sencillo, vestido como un adolescente desalineado y errático. Parecía que aquel muchacho estaba destinado a una vida sin lujos, sin otro futuro que el de ser un vagabundo. Hasta que sus facciones y el nombre escrito al pie de la imagen empezaron a develar más de lo que estaba dispuesto a entender.
—Samuel M. Reiht. Pero…
De repente, cuando la imagen del mural estaba a punto de ponerse en movimiento, la grabación quedó a oscuras y se cortó. Estuve a segundos de tirarme encima de Zardhan para pedirle que siguiera corriendo la cinta, pero se ve que hasta ahí llegó a grabarse.
—Ahí fue cuando el apagón llegó a Cristófobos. Empezó con este mismo recuerdo, con Ada recordando el nombre de este tipo tan misterioso como odiado. La hippos colapsó, ella entró en una crisis de nervios y tuve que sacarle del sótano. Sé que está buscando una relación más “real” del asesinato con este intento de reparar el cerebro de mi paciente, señor Stavros. Pero usted entiende de esas cosas que no puede escribir en su diario y, sin embargo, no sabe cómo explicar lo obvio.
—Y lo obvio sería…
—El potencial psíquico de la señorita Limbert. 
marzo 13, 2015 - , , 0 comentarios

"Eso", de Mario Benedetti

Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar «quien le había enseñado eso». Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.


Un día el preso tuvo la súbita inspiración de
contestar: «Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx.» El teniente asombrado pero alerta, atinó a preguntar: «Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?» El preso, ya en disposición de hacer concesiones agregó: «No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.»


El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: «Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania.»
marzo 11, 2015 - , , 0 comentarios

"Caballo imaginando a Dios", de Augusto Monterroso


"A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo. Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete."
marzo 09, 2015 - , , 1 comentarios

Capítulo XXIII: Galleria.

Una pequeña risa, tonta e insípida, se escapó de mis labios, no porque aquello fuera gracioso sino porque sonaba a una ineludible verdad, suponiendo que había una explicación lógica para conectar un apagón y un asesinato con el estado mental de una paciente psiquiátrica. La ecuación que intentaba dilucidar era mucho más confusa teniéndola como parte a Ada Limbert, no la conocía, creo que nunca en mi vida la he cruzado por la ciudad, pero el hecho de saber que había pasado la mayor parte de su vida en la sombra de un picacocos no me hacía confiar mucho en su criterio. De cualquier manera, no debía confiar en ella precisamente, sino en Zardhan, que parecía estar escribiendo una historia de ciencia ficción justo frente a mis ojos, ¿buscando fama quizás? El anonimato en el que pretendía que dejara a Limbert provocaba que el reconocimiento al que aspiraba fuera improbable y posiblemente me condenara a sus delirios de grandeza también.
El doctor Zardhan contestó un mensaje de texto, escribiendo de manera pausada y trabajosa, sus dedos gordos le imposibilitaban escribir rápido y correctamente al mismo tiempo. Después abrió uno de los cajones de su escritorio y ocultó el celular. En la misma maniobra descubrió un control remoto pequeño, color blanco.
—Creo que es hora de mostrarle las pruebas.
—¿Lo filmó? —mi sorpresa fue bastante exagerada, porque en ocasiones es normal grabar ese tipo de procedimientos, según tenía entendido.
—Sí, ¿cómo esperaba que respaldara mi teoría? ¿Solamente con palabras? Trato de no dejar nada al azar, señor Stavros. La señorita Limbert se atrevió a acceder hasta este punto después de las primeras sesiones de hipnosis profunda, cuando descubrió ese espacio que ella llamó Galleria.
—Galleria.
—Sí, creo que es una especie de voz arcaica en desuso. Ella lo describió de esa manera mientras estaba dormida, se asemejaba mucho a un Paseo de Arte, una exposición.
—Un museo —arriesgué.
—Sí, pero solamente con pinturas. Por lo general los museos tienen piezas antiguas de todo tipo, ella describió esta Galleria como una exposición de pinturas.
Zardhan se puso de pie y caminó hasta la ventana y cerró las persianas, solamente unos pocos rayos de luz bañaban el despacho. Regresó al escritorio y tomó el control remoto, accionó un botón y me pidió que volteara mi silla. Entretanto, una pantalla blanca se desplegó en la pared contraria al edificio, tapando parcialmente la puerta de entrada. El doctor se sirvió un trago y me ofreció, pero nuevamente tuve que rechazarlo. Quería saber qué era todo esto que me tenía tan tenso. Desconocía si era la sombra que envolvía a Zardhan, al asunto o a mi vida en general.
Galleria —repetí absorto.
—Sí —Zardhan se echó en el sillón—, veo que le interesó la palabra. Limbert tiene mucho conocimiento de lenguajes antiguos y extraños, no sé qué podría verle de fascinante, pero a mí me fascina la ciencia, cosa que puede parecerle fútil a usted. La disparidad es lo que nos hace únicos, ¿no?

—¿Todo este asunto de estas “pinturas” entra en su definición de Nigromancia moderna?
—Verá usted, señor, las primeras sesiones con Ada estuvimos de acuerdo en que la hipnosis profunda sería un comienzo tranquilo para indagar las raíces de su problema, antes de eso había intentado interrogarla acerca de todos los aspectos de su vida y había logrado recordar uno o dos sucesos, que incluso para ella misma tenían detalles imprecisos. Los recuerdos se habían escondido hasta que pasara esa “amenaza” y lo harían siempre, no hay una manera científica (por así decirlo) de luchar contra eso más que las drogas y otros métodos menos saludables. La hipnosis profunda condujo, en los últimos cinco minutos de sesión, a lo que Ada llamó una “puerta dorada” que obligué a que abriera. Después de eso me contó que estaba dentro de esta Galleria, caminando sin un rumbo fijo e intentando no ver los cuadros. Cuando le pedí que los mirara, entró en pánico y la conexión hipnótica se rompió. Quisimos intentarlo nuevamente pero fue inútil, parecía que los recuerdos se habían dado cuenta de mi técnica. Estaba destrozado. Sentí que mi carrera estaba acabada, no había nada que pudiera hacer para salvar a esta chica de su flagelo hasta que, quizás por obra del Destino, la ciencia noética me ofreció una herramienta para ayudarla a explorar sus memorias. Diseñé un neuralizador.
No tuve necesidad alguna de preguntarme qué era un neurolizador. Sonaba como la máquina gigante que seguramente había estado en el sótano de Jilly.
—Usted diseñó esa cosa y alquiló el sótano de un medio-androide para no levantar sospechas.
—Veo que investigó bien —respondió con indiferencia.
—Solamente sé a qué contactos debo tocar. Entonces, este… neurolizador del que me hablar se construyó con el fin de ordenar las memorias de Ada Limbert. ¿Usted lo construyó con sus propias manos?
—No —rió—, soy una persona completamente inútil con mis manos y también mis clases de neurología fueron un desastre. Tuve que pedir a dos amigos que me ayudaran a diseñarlo, invertí meses enteros de trabajo y lo que usted ganaría en muchos ciclos para conseguir esta tecnología. Pero al final, lo logré. Lo llamamos hippos, como referencia al hipocampo, porque es ahí donde se almacena la memoria del ser humano. Hippos constaba de una camilla anatómica con electrodos que se conectaban a ciertos puntos del cuerpo que enviaban y recibían información, además estaba equipado con una pantalla a la altura de los ojos mediante la cual se accedía de forma más directa a la memoria a través de la dilatación de los ojos. Todo esto era procesado por una computadora dispuesta al lado de la camilla, que a la vez recolectaba y desencriptaba la información extraída del hipocampo, convirtiéndola en señales de imagen que se archivaban en el disco rígido del ordenador. La primer sesión se hizo esperar mucho, tuvimos que conseguir un lugar donde dejar a hippos fuera de los ojos curiosos de los profesionales que no simpatizan con la falta de ética que podía suscitar este experimento, entonces pensé en las tierras de mis antepasados, quizás con un poco de dinero y manipulación podría lograr algo.
—Y lo consiguió.
—Sí, aunque no era el lugar en el que soñaba comenzar a estudiar a Ada, era lo que tenía. Finalmente cuando el día llegó, ella se recostó sobre la camilla y fue inducida a la hipnosis después de haber dilatado sus pupilas. Quince minutos más tarde comenzó una sesión que duraría más de dos horas, cuando salió de hippos se sentía fatigada y con náuseas, estaba muy débil. Y todos nos sorprendimos cuando vimos lo que la máquina había grabado en su memoria, es lo que usted va a ver ahora.
Y apuntó el control remoto hacia la pared.
marzo 04, 2015 - , 0 comentarios

"El hombre que aprendió a ladrar", de Mario Benedetti


Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar". Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendian, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?". La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano."
marzo 02, 2015 - , , 0 comentarios

Capítulo XXII: manzanas y naranjas.

La bella secretaria de Zardhan cruzó la puerta del despacho y dejó sobre el escritorio una carpeta color azul cuya tapa llevaba una etiqueta. Ada Limbert. Recordaba haber visto a una chica irse cuando yo apenas llegaba al consultorio, pero es de ese tipo de “vistas” en las que uno no presta atención, ni siquiera me fijé si era linda o si parecía tener alguna condición que la delatara. La secretaria preguntó si tomaríamos algo y pedí un café, prefería no servirme lo mismo que el doctor a esa hora. Confieso que hacía un largo rato escuchaba las palabras del doctor, pero no sabía hasta cuándo se prolongaría su introducción.
Mientras buscaba dentro de las hojas, comprobé que mi teléfono estaba encendido y abandonado. En esos dos escasos minutos, Rebecca cruzó por mis pensamientos, buscando respuestas a preguntas universales de mi historia pero manteniendo el poco profesionalismo que me quedaba disponible para este trabajo. Esta historia, de ser grande como me prometía mi interlocutor, pondría fin a tantos años de depresión y estancamiento laboral. No, Rebecca, ahora no tenía tiempo de pensar ni en ella ni en su tregua con gusto a reconciliación. Aunque algo de sexo, posiblemente, no me habría lastimado…
—Ada Limbert —leyó en voz alta—. 32 años, soltera. Escritora independiente, creo que alguna vez trabajó para un diario local, ha de ser la competencia de ustedes. Calculo. Infancia feliz, adolescencia traumática.
—La historia de todos, me imagino.
—Sufría de constantes ataques en la escuela, el desarrollo de su… sexualidad fue tardío, pero a pesar de eso pudo desenvolverse bien una vez que superó esa situación. Después comenzó con ataques de pánico y estuvo unos diez años de diván en diván, intentando encontrar la solución al problema que hasta el día de hoy la someten.

—Entonces ahora estamos hablando de ciencia y no de hechicería.
El comentario pareció molestarlo, pero lo disimuló bien. Pasó dos o tres hojas y se detuvo, mirándome ahora fijamente.
—Es necesario que entienda, señor Stavros, que no estamos mezclando manzanas y naranjas, todo forma parte de un mismo concepto, de una misma idea… de un mismo fin.
Pensaba que el fin era asustarme, pero también podría haber sido desorientarme.
—Bien, esta señorita Limbert…
—A la cual dejaremos en el anonimato —remarcó cortando el aire con su mano.
—A la que dejaremos en el anonimato… tuvo unos cuantos problemas de conducta y sufrió el ataque de sus compañeros de colegio, ¿cierto? Eso le dejo secuelas emocionales intensas que se vieron reflejadas en su comportamiento en su vida adulta. Afectando… ¿su vida laboral? ¿su vida cotidiana?
Clemente Zardhan frotó su barbilla, estaba pensativo e inquieto, aunque la sombra a sus espaldas había adoptado una posición que no me deja ver qué hacía, es como si mi vista se hubiese acostumbrado o si hubiera encontrado la manera de engañarme. Son entidades poderosamente habilidosas e inteligentes en ocasiones.
—Algo así —respondió al fin.
—¿Algo así? No me parece un término médico. Entonces, después de mucho tiempo sin encontrar callar sus remordimientos en un psicólogo, acude a usted con el fin de…
—Ahogar sus problemas en drogas. Esas fueron más o menos sus palabras, quería que le recetara lo más fuerte que tuviera a fin de adormecer todos esos recuerdos que la estaban torturando desde que se levantaba de la cama hasta que se acostaba. Fue paciente de uno de mis mejores pacientes, también amigo, y nos conocimos hace poco más de tres meses. Los problemas que tiene le había hecho adelgazar casi veinte kilos y estaba fatigada, por lo que pensé que las drogas era el último método que quería probar. Aunque no se lo dije en ese momento, tuve largas conversaciones con ella intentando convencerla de tomar una terapia alternativa. Debo recalcar aquí que yo también perseguía un afán personal y… quizás usted lo escriba de una horrible manera.
—¿Qué cosa? ¿El hecho de que quiso experimentar con ella?
—No quise —su sonrisa fue muy extraña—. Lo hice. Verá usted, el potencial oculto de los seres humanos es tan sorprendente y poderoso que incluso podría llegar a destruir a su propia especie. El problema que subyace dentro de la memoria de la señorita Lambert es inconsciente, es justamente lo que está debajo, eso que no podemos ver, lo que está consumiendo a mi paciente. Mis antecesores en el caso han intentado todas y cada una de las terapias existentes dentro de su campo. Sí, todas incluso esas que usted está pensando de manera dubitativa. Yo… yo perseguí mi superación personal, un reconocimiento, llámelo como usted quiera, pero también quise encontrar una solución al mal irreparable que esa chica se está haciendo a sí misma. Es como convivir con un enemigo constante, silencioso y sin piedad, nadie sabe realmente como funciona esa parte de nosotros. Así de impredecible.
—¿Tanto así?
—Los fantasmas que alberga nuestra mente son tantos que incluso “eso” que usted ve puede llegar a ser inofensivo al lado suyo. Es desesperante, causa desesperación la calma con la que se van comiendo nuestro interior. Despacio, de manera paciente, tejiendo una red en la que al final quedamos pegados. Hace seis años tuve un paciente parecido a Lambert, se llamaba Gerard o Gerardo, el nombre me es esquivo. El muchacho sufrió una infancia tormentosa, sus padres murieron victima del flagelo de las sustancias, fue dado en adopción tres veces y sus padres adoptivos resultaron explotadores, golpeadores y abusadores, después tuvo que llegar a la emancipación recluido en un reformatorio, donde recibió abusos de todo tipo. Es sabido que los abusos físicos y psíquicos en la niñez ocasionan la partición de la personalidad. Gerard había desarrollado una particular forma de esquizofrenia. Todas las semanas lo recibía con una nueva herida que su alter-ego le había infringido, según él, por odio a sí mismo. Un día, después de intentar todo tipo de solución, Gerard dejó de venir a sus sesiones regulares. A la semana, su curador me envió un cheque por los servicios ofrecidos y una carta de disculpas, su protegido se había rajado de la garganta de una manera brutal. No pude hacer nada por él.
La parsimonia con la que me había contado esa historia la hacía más creíble que espeluznante. No obstante, adoptó una postura mucho más dramática e inclinando su cabeza, agregó:
—Repito: quise encontrar una solución a lo que se está haciendo. Pero creo que he desatado el infierno en Cristófobos.
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