enero 31, 2014 - , 0 comentarios

Crónicas Neph (9 - Derrota)


Ya no soy el ángel que solía ser...

Solamente soy una sombra que vaga impunemente por este campo de batallas: aquí quedó lo que restaba de mi mortalidad, aquello que me ataba al mundo de los que eran ciegos y podían ver. En silencio, la sombra de los condenados buscaba refugio allí donde no daba la luz ni se oían murmullos de muerte.

Mis alas se quemaron por destino...

La derrota fue amarga, pero al mismo tiempo resultaba insípida y pedante; más parecido a una victoria inesperada que a un triunfo avasallante: el enemigo no estaba totalmente derrotado. ¿A quién enviarían entonces a buscarme? Un comandante era demasiado rango para una escurridiza rata. Un mercenario, sin embargo, parecía el mejor postor.

Esta vez me tocó creer...

La frialdad de la noche me arrulló como a un niño, mientras mis ojos de ángel disipaban la espesa bruma de la oscuridad: se estaban moviendo. Lo sabía. Aún sabiéndome el último de los míos, me quedé inmóvil pensando en cómo iba a proceder. Debía ofrecerles algo muy tentador para que me conserven intacto, aunque no se me ocurría algo valioso que pudiera convenirle a ángeles y demonios siendo un híbrido de aquellos.

Y olvidar el saber en el camino...

El mercenario pisaba mis talones. ¿Un hermano? Las heridas de batalla no me dejaban razonar con claridad. No. Seguramente alguna extraña criatura de encantos mundanos arrancaría a mi humano de su letargo y podría en jaque mi posición. Aquella carta parecía imposible de jugar. Sin embargo, el depredador comenzó a cantar.


enero 26, 2014 - 0 comentarios

El eslabón más débil (sátira americana)


Todo a su alrededor parecía haber estado suspendido en el aire hasta ese momento. Era como si las partículas de aire transitaran en derredor suyo tan lentamente como su letanía se lo permitiese. Algo dentro suyo le decía que ya estaba, que era hora de despertar de aquel apelmazado y poco doloroso trance. La voz no es una voz cualquiera, es una voz dulce y armoniosa que parece quererlo y desear lo mejor para él. 
«Arriba, Joe. Es hora de que despiertes». 
El muchacho parece negarse: quiere seguir oyendo la risa de los niños en el parque, quiere seguir comiendo pedazos de fruta las tardes de verano en los verdes campos de sus abuelos; siente deseos de quedarse enclaustrado dentro de sus pensamientos más alejados y placenteros que parecen no ser de él. Joe se detiene como se detienen las partículas de tiempo alrededor suyo: ¿aquellos recuerdos le pertenecen? Un escalofrío le recorre la espina dorsal, el cerebro envía y recibe información hacia el sistema nervioso central. La maquinaria está en marcha, ya es irreversible. Y ahí llega la adrenalina acompañada de los recuerdos. De los verdaderos.

En aquel silencio, la voz le dice que ya no es un niño. Que adelante sus pensamientos. Joe mira fijamente en lo negro detrás de sus párpados y recorre casi mentalmente los sucesos: tiene 26 años y ha entrado en una fiesta. Es la fiesta de una fraternidad universitaria, sí. Una verdadera fiesta con mucho alcohol y hermosas porristas con enormes y jugosos pechos. Dentro de ese descontrol hasta un nerd como él podría llegar a tener sexo. La voz suelta una sonrisita socarrona que podría sonrojar a cualquiera. Y Joe está dentro de la fiesta, bailando: algunos lo miran con cara de asombro, otros lo ignoran, logra quedarse con una hermosa chica de cabellos castaños oscuros y unas curvas que ni él puede creer. Charlan. La gente comienza a irse y solamente quedan 13: el número perfecto. Joe está entre aquellos trece jóvenes aburridos que no tienen mejor idea que tomar una tabla Ouija y despertar a los fantasmas. La garganta de Joe comienza a entumirse, parece que al fin empieza a recordar su cuerpo qué es lo que está sucediendo. El porqué de su largo sueño. «¿Qué fue lo que despertaste aquella noche, Joe? ¿Qué fue aquello que despertaron aquella noche a pesar de las advertencias?», la voz parece compadecerse de él. Al parecer, ya nada va a salvarlo de lo que ahora le es claro como el agua.
Joe empieza a tener conciencia de su alrededor. Las moléculas empiezan a sacudirse en el aire. Todo empieza a tener movimiento de nuevo. Vuelve a sentir su cuerpo, siente sus manos atadas en sus muñecas por cadenas que están adheridas a una vida. Joe está colgando en el aire. Sus piernas, vencidas, han quedado dobladas. Siente el torso desnudo. Huele su transpiración y aquello que percibe apenas recupera el sentido del gusto no es su mal aliento matinal, es sangre. La voz se ha esfumado, necesita su consuelo. Pero no está. En lugar de eso, Joe escucha el sonido de la noche, los grillos y un búho que seguramente está sobre un árbol vigilando. Percibe las dimensiones del lugar donde está antes de abrir los ojos: es una pequeña caseta de madera. Se escucha el crujir de madera al soplar fuerte el viento. Ya está temblando, escucha que a los pocos metros alguien emite un sonido que parece interminable y abre los ojos, aterrorizado y a punto de soltar un grito que vacíe el aire contenido en sus pulmones.

Hay un hombre, vestido de mameluco marrón afilando un machete sobre una mesa con una piedra. El hombre tiene los ojos blancos, el pelo sucio y revuelto, barba de muchos días y un hedor a pudrición que apenas puede estarse cerca de él. El hombre lo escruta con una mirada y parece haber entendido todo lo que por su cabeza pasó hasta despertar. Joe comienza a negar repetitivamente con la cabeza, ni siquiera tiene fuerzas para gritar socorro. Quizás fuese en vano. Aquello no le estaba pasando, solamente era un estúpido sueño. Sí, eso era. Solamente debía despertarse para estar acostado al lado de Mary después de haber disfrutado el mejor sexo de su vida. El asesino deja de afilar el machete, Joe le ruega a la voz que le responda por qué a él, si tenía una vida prometedora, era joven y casi no había hecho ninguna locura, no había ido a la cárcel, solamente consumía drogas en ocasiones muy remotas y tenía un futuro envidiable… Pero ya nadie le contesto. Detrás de una hilera de dientes putrefactos y agusanados, fue el asesino quien quizás leyó el pensamiento del pobre Joe:
―Eres el eslabón más débil.

La faena acababa de comenzar.
enero 21, 2014 - , 0 comentarios

Cuarto día



Las ráfagas de viento y agua no se hicieron esperar. El poder de las olas rojas y la marea en ascenso me hicieron estremecer los músculos, me faltaba la respiración y estuve tan desesperado que creí morir en ese preciso instante. Y es que uno anhela morir hasta que su vida se encuentra en peligro, es entonces cuando estúpidamente lucha por su supervivencia sin siquiera meditarlo.

De pronto, la claridad de la mañana se volvió tan negra como el destino que me esperaba mar adentro. Los clamores de las aguas se callaron y, por primera vez, temí lo peor. El viento suspiraba algo que me resultó incomprensible al principio y las velas de mi balsa se volvieron locas y crujieron y lloraron de dolor. Al fin, encaramado en una ola, pude ver que los bordes de la tierra se habían borrado y que parecía estar navegando en la oscuridad del universo, sin estrellas, aguardando quizás la visita de un Leviatán cósmico que, en lugar de su cola, mordiera mi cabeza.

El genio de la maldad sin razones; rey de los mares de los desesperados, de los incomprendidos y de los postergados, tomaba cualquier forma que le placiera —seguramente los marineros de recuerdos saben de todas estas leyendas y mitos—, mas me era desconocido e irreal que mis huesos dieran por fin con alguno de estos cuentos de hadas. La serpiente de mar, más avezada que yo en el tema náutico, nadaba en la profundidad del mar y me miraba con ojos dulces pues sabía que la presa sería inevitablemente.

Más tarde…
La tormenta se ha extendido más tiempo de lo habitual, sospecho que el dueño de estos páramos marítimos es quien controla los vientos y el temporal que azota mi navío. Sin embargo, no me ha dejado caer en el mar: quizás no quiera comerme. Todavía. No falta mucho para que el día llegue a su fin y aun estoy sorprendido de haber sobrevivido tanto teniendo al rey de los mares, el protector del océano al que decidí llamar mi “Estigia”, buceando en círculos alrededor de mi balsa.

De pronto, las aguas se sintieron calmas, el cielo empezó a clarear y el temporal cesó. Parecía que me alejaba de los crueles dominios de la bestia inaudita que casi hace terminar mi cruel aventura. 

No obstante ello, mientras el cansancio del ajetreado día de luchas me hacía depositar la cabeza y conciliar un sueño forzoso, escuché un ruido de algo que salía del agua a mis espaldas y se movía en direcciones insólitas alrededor de la balsa.

Algo sobrevolaba la superficie del Estigia.


enero 15, 2014 - , 0 comentarios

Día Tercero

El alba despunta con una bandada de gaviotas que vuelan graznando una pena que llevan escondidas en las plumas, son corazones arrancados de manera cruel por amantes sin compasión que desgarran amor como si deshojaran una margarita.
El mar de mis pensamientos está calmo, y eso sólo significa el ojo del huracán a mitad de los lamentos que recita este mar que parece más bravo que el Estigia mismo. Todos los ríos del infierno son arroyos mansos en comparación.

Sigo sin ver el horizonte.

Una franja roja parecida a la salida del sol se desdibuja por allí, pero no hay luz en las sombras de mi corazón ni del hueco que hay cuando pierdo esta brújula de alvéolos, sangre y sentimientos. Es dolor. Y seguramente la franja se convierta en lava para lavar mis pecados... Mi inocencia estúpida. Moriré antes de saber cuánto debo por la imprudencia de haber vivido y sufriré antes de conocer por qué amé tanto y de manera tan inconsciente.

Borraré de mi mente esos recuerdos y aprovecharé que mi Estigia está calmo para dormir y soñar un sueño en el que seguramente seré humano y viviré una vida sin fijarme en estas vanas intenciones por las cuales naufragué.



Encuentros de verano. Duelo de ojos marrones y miradas punzantes: el delirio de una noche húmeda en la que nos vimos y nos deseamos. Tuvimos tiempo de ser algo más que lo prohibido, pero nunca le faltamos el respeto a la moral. Maldito destino. No me embarqué por un sentimiento contrario a las costumbres, pero donde estoy no hay moral ni costumbres, solamente agua y ríos de sangre de un corazón que se perdió en la inmensidad de una perdición que, por momentos, sabe dolorosamente dulce.

Dulce Estigia.


Sé que un día nos volveremos a encontrar y podría ser cuando seamos algo más que polvo y huesos, algo más que solamente consciencias infinitas. Cuando volvamos a la fuente, seremos cántaros que salen de él. Y quizás nunca volvamos a volar juntos, como esas aves oceánicas de rapiña que revuelan sobre mi cadáver viviente. Perderé el gusto por ser arrancado de alguno de mis órganos vitales y de disfrutar con ese latrocinante acto de punzante frío.

El día se acerca a su fin, mientras observo cómo esa cortina negra se está por abalanzar sobre mi balsa. No creo que pueda dormir esta noche, tendré que vivir una pesadilla más en lo que me toque navegar desde una punta a otra de este mar que se antoja tan tranquilo como asesino. Estoy tan cerca y a la vez tan lejos de la revelación que por momentos no sé distinguirme como profeta o anticristo de mi propia religión.
enero 09, 2014 - 0 comentarios

"Avanti", Pedro B. Palacios

¡Avanti!

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.

Obcecación  asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...

¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!

¡Piu Avanti!

No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde intrepidez del pavo
que amaina su plumaje al menor ruido.

Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...

Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

¡Molto piu Avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;

Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes!

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡nunca sigas impulsos compasivos!
¡ten los garfios del Odio siempre activos
los ojos del juez siempre despiertos!

¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!

¡Molto piu Avanti ancora!

El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser, tras el tocado.

No digas tu verdad ni al mas amado,
no demuestres temor ni al mas temido,
no creas que jamas te hayan querido
por mas besos de amor que te hayan dado.

Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
cómo ansia las nubes el desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe...

¡Trema como el infierno, pero rie!
¡Vive la vida plena, pero muerto!

¡Moltíssimo piu Avanti ancora!

Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en esa frágil cárcel de las fieras.

No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones
lo mismo que dos plácidos horteras;

Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula,
buscando las rendijas, no las llaves...

¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!

Palacios nació en San Justo, provincia de Buenos Aires, en el seno de una familia muy humilde. Todavía niño, pierde a su madre y es abandonado por su padre, por lo que fue criado por sus parientes.

Almafuerte es el seudónimo con el que alcanzó mayor popularidad, aunque no fue el único que utilizó a lo largo de su vida.

enero 08, 2014 - , 0 comentarios

Una historia más... (Final)


Mar de lava. La última vez fue definitiva, tanto como esta mortal ceguera. Quise volver por ti, pero se ve que no era ni el niño que deseaste alguna vez que te besara como un juego ni el joven que te hizo el amor en una mezcla casi poética de desenfreno pasional y erotismo.

Fue mi primer y único pecado. No existen personas completamente incorruptibles. Lo que comenzó con un beso terminó con otro pero de la manera más extraña que alguien pudiera pensar. Pensé en ti, en que quizás jugué todas mis cartas por estar a tu lado y desperdiciaste este momento. Ambos perdimos aquello que sentíamos por culpa mía. Si estuvieses aquí entenderías que no podría seguir pensando en otro culpable más que en mí mismo. Fue una cuestión de religión y de razón el recordar que fuiste mi único y primer pecado, porque fuiste mi único y primer amor. No sé todavía por qué decidí llamarle “Otra historia de amor”, tal vez ni yo mismo sepa en todo este tiempo que transcurrió qué es realmente el amor. ¿Es eso que sentías por él? No lo creo. Nuestro juego de niños te comprometió a pensar en mí y en nadie más que en mí. Sé que buscabas en cualquier conocido algo que fuera parecido a mí pero no tan bastardo, no tan valiente, quizás con un poco más de testosterona y menos de materia gris. Recurriste al mismo momento en que yo no te vi y traté de buscarte con algún sustitutivo.



—En el fondo, no vales una mierda… —dijo el día que los encontré juntos.

Así me arrojó por el volcán hacia el vacío interno que procuraba sucumbir ante la fría y penetrante mirada color marrón de aquel arlequín estúpido que pretendía imitarme. Aquel infeliz usurpador que se me cruzó al arremeter contra ti. Yo desenfundé mi navaja pulida de cuchillero traidor arrabalero pensando que era solamente un puñado de dudas y ganas de que este arrojo no ganara mi locura. O la poca cordura que me quedaba.

Tus ojos parecían vaciarse al compás de la sinfonía que tocaba el cuchillo dentro de su estómago. No quería llegar a esto, simplemente él se atravesó con ese aire heroico tan patético. Ni su grasa abdominal pudo detener aquella cercenante acción, podría haberlo hecho: el pánico me tomó preso del odio inconmensurable de no querer que su sufrimiento cesase. Por eso desde su estómago corté su carne cuesta arriba hasta encontrar sus huesos torácicos. Quizás una cirugía así le haría enterarse que yo te amaba a ti y que él era solamente un juguete de imitación barato.

La única música a mi alrededor eran tus frenéticos gritos para que lo dejara, pero es que ya no podía dejar a ese hombre que comenzaba a desprenderse de sus vísceras. Fue una horrible y placentera mezcla de sentimientos, el color predominante era el rojo de su sonrisa que expresaba esta tragedia griega traída de los pelos al burgo sudaca. Tan venido a menos como pocas veces. Así de fácil resultó mi perdición.


Tu amor por mí se fue así, como cuando la última gota de sangre de ese infeliz tocó el suelo. Ese mar rojo ya no podía volver a cruzarlo por ti.


Aquí culminan todas mis razones, entre estas cuatro paredes del penal… solamente con tres preguntas a flor de labios que quizás nunca pueda contestarme con sinceridad.
¿Es nuestro ese hijo que esperas?
¿Qué dice nuestra sangre que tanto nos separa?

¿Por qué sigo amándote? Te sigo amando.
enero 07, 2014 - , 0 comentarios

Una historia más... (Cont.)


Segunda pregunta, la segunda vez que te ví me enamoré, ¿por qué? Ya había dejado de ser un simple juego de niños, era una hoguera de soles de primavera que no había podido disfrutar por la soledad. Era todo eso que nunca sentí porque pasé tan rápido de la inmadurez a la madurez que me olvidé de los puntos intermedios, las indecisiones, la cobardía de meter a todos en la misma bolsa.

Era como el amor, aunque lo haya abstraído siempre del contexto cotidiano como para analizarlo.

No éramos niños ya, pero tampoco éramos adultos. Solamente llegaría a definirme como una intuición de lo que dejaba de ser y lo que aspiraba a llegar, aunque fuera a millones de años de distancia. Era tanto y tan poco el tiempo, que unos meses después de ese beso particular y despiadado ya te tenía aquí, desnuda y sobe mí, amoldándome con tus manos, con tus uñas rastrillando y pasándole el arado a los campos de mi piel. Abriste cráteres con tus besos, liberaste caminos anegados por el dolor con tus caricias de seda. Si el cielo no fuera mudo, juraría que escuche cantar a los ángeles. Acaricié su espalda: aquel ángel la tenía.


Y todo duró hasta que la maldición que me persigue me encontró de vuelta. Hasta que ni este sentimiento pudo resistir una reina única y absoluta. Quise evitar que nuestro distanciamiento no resultara tan claudicante, porque cualquier persona racional comprendería que lo bueno dura poco. Ojalá hubiese sido racional alguna vez en mi puta vida y no tuviera que aceptar que hoy todo es un cataclismo de hora doce por mí y por esta enfermedad de mierda que tuve contigo. Las lluvias ya no eran aguas cayendo del cielo: eran tus lágrimas. Tu lengua tratando de pasar con una sutil caricia por las venas de mis brazos para vaciar este vino con gusto a deshonra que corre por dentro de mí, desde mi corazón sin vida hasta mis órganos. No habrá nada ya con qué darle una utilidad a mis ojos si no puedo deleitarlos con tu figura danzando desnuda al compás del calor de mi cuerpo entre un juego de luces y sombras. La noche que me tocaste el cuerpo, aquella que me prendí fuego a la luz de tu epidermis.

Y en cuanto me ausenté por solamente unos minutos lunares, ya te habías enamorado de otro que no era mi doble personalidad. Allí estabas desnuda de toda razón, caminando un camino como el mío pero en paralelo mientras este me truncaba el paso con un cartel que me dio el golpe de gracia espectacular para terminar con todo esto que yo era a tu imagen y semejanza: “fin de la carretera”.


El final parece una palabra tan usada últimamente que pierde el sentido de catástrofe, al parecer todo se concentraba en la inminencia de la tercera vez que te vi con algunos toques sabrosos de ironía y de dolor. Lo poco que nos habíamos querido duró no sólo eso sino también la noche en que te quise besar ya por última vez. Solamente el silencio nos contó el ocaso de esta historia que terminó como dando señales de volver a la normalidad esa fría tarde de verano, una casi tan frío como lo era yo.

enero 06, 2014 - , 0 comentarios

Una historia más... (octubre 2007)


Si estuviera menos paranoico, quizás hoy seguirías aquí. Me tocó correr la peor de las suertes, teniendo en cuenta que esta sumatoria de sueños amputados y de recordatorios agnaticios era una gutural coincidencia por parte de ambos. Te pido al menos una noche más para que perdones todas mis faltas, para que aunque sea reconsideres lo profundo que se escondía mi cariño por ti. Porque no quise jamás que esto terminara así, pero...

La vida es un camino en círculos, podría haberlo entendido si por lo menos no hubiese coincidencias como haberte encontrado tres veces en mi vida. Quizás haya creído más en cosas con lógicas explicaciones que inevitablemente pensar en un ocaso a tu lado. Esta es sólo otra historia de amor. A mí me tocó la peor parte. No sé por qué todo comienza allá: en la niñez. Debería haberlo olvidado, prometo hacerlo.

Caminabas por delante de mí aquella mañana de verano que apenas destella mi memoria en su carcomiente misterio y sinrazón. No habría peor maldición que verte a los ojos, medusa de mi corazón, que en el eterno malestar de mis sentimientos creaste un monstruo que sólo tú podrías alimentar con eso que no me dabas. Así empezó el más doloroso de los juegos, de pequeños y de crédulos.

¿Por qué no me diste ese beso que tanto deseaste así el juego de niños terminaba allí? O por qué no te lo di yo, así nos ahorrábamos engorrosos trámites. Y quizás con eso ya me eximía de tener que pensar en ti el día que no te vi más, el día en que decidí irme y olvidarme que esa musa creó todo eso en mí. Todo esto que también capituló.

No hace mucho tiempo, desaparecer significaba ausentarse de la vida. Lo que hubo después de ti en mi niñez no fue algo diferente a ello. Por suerte una especie de habilidad nacida de una necesidad psicológica de imaginarme siempre tu héroe a la distancia me poseyó como un demonio arrastrándose con sus brazos quebrados hasta encontrarme. Su poder me dio las fuerzas para contar innumerable cantidad de historias de locura y de muerte. Las de amor preferiría olvidarlas porque allí el mal de tus ojos me acechaba. En los sueños inventé un mundo perfecto en el que tu nombre era el fin de los días: después de intensas lluvias aparecía el “arco armagedón”. Y pude sobrevivir sin eso que me habías quitado, que parecía haber sido todo mi ser pero era mi corazón, yo no lo sabía. Qué imbécil.


Pero años más tarde volví por ella, después de tantos años atardeceres con distintas mujeres, después de cócteles para engañar a mi mente, de historias contadas parecidas a las mías, de personajes parecidos a todos ellos y a nosotros. Volví al lugar donde crecí para crecer otro poco, aunque no definitivamente. Porque tantos años después, luego de caminos recorridos, luego de tanto tiempo invertido en estudiarte y de descubrirte como nunca te había visto. Volví ciertamente esa tarde de julio que me besó por primera vez, cuando tuve la sensación que comenzaba una gran historia que, por cierto, terminó siendo esta. La más triste de todas.

(Continuará...)
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